Nadie sabe nada de gatos persas
Ser director de cine en Irán y ser sospechoso o incluso reo (caso Jafar Panahi) son casi sinónimos; Bahman Ghobadi es un cineasta habitual, que llega a las pantallas españolas con cuentagotas (tuvo cierta presencia con "Las tortugas también vuelan" tras ganar en San Sebastián) y que hace un cine a contracorriente (allí), o sea, exportable. Tan a contracorriente iraní es esta película, cuyo título casi anuncia lo musical de su apuesta, que trata de algo perseguido: los grupos de rock en Teherán.
Con la excusa de seguir a dos jóvenes que quieren hacer un concierto de música "indie", la cámara de Ghobadi, recelosa, escurridiza, hace una panorámica al impensable y sorprendente mundo de la música occidental que sobrevive entre las cloacas de la ciudad, sin posibilidad de sonar ni ensayar, y temeroso de la denuncia de vecinos o barbados. Es una mirada a la música que no se oye, aunque en la película retumbe con ganas.
Y si la historia no da, por leve, para un "remake" de "Lo que el viento se llevó", como documento de cómo prende el arte aún sin oxígeno resulta muy interesante y nutritivo. Y su mayor achaque, la urgencia de sus planos y la precipitación de sus secuencias, es también su mayor logro, pues Ghobadi tuvo que rodar la película a hurtadillas e ir sacando a sus conejos de la madriguera casi con comadreja. Y ése es el tratamiento, no tanto por elección como por necesidad; lo que sí parece una elección, y tal vez opinable y discutible, es que la película decida pagar con algo de su frescura inicial su desvío hacia lo dramático. Pero es que lleva razón Ghobadi: no sabemos nada de gatos persas.






