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Adrien Brody
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Qué gran actor es Adrien Brody y qué placer es verlo pasearse por la pantalla como una persona normal, escondiendo e insinuando una corriente inclasificable de sensaciones humanas. En un registro más, y antes de verlo transformado en Manolete, su físico delgaducho y endeble encarna en ´Hollywoodland´ a un detective acostumbrado a recibir palos, del que los colegas del gremio se ríen en el bar y que lleva mal su separación. Son los años 50 y este fracasado con alma de superviviente se propone resolver nada menos que la muerte de Supermán, o lo que es lo mismo, de George Reeves, el primer actor que entonces dio vida al mítico superhéroe en televisión. Ocurrió realmente y fue un suceso extraño nunca aclarado, de los muchos que en la época ensuciaban Los Ángeles. De él se nutre ´Hollywoodland´, una magnífica película y la primera de Allen Coulter, que hasta ahora se había dedicado a series como ´Sex and the City´, ´Los Soprano´ o ´Expediente X´. Es decir, conoce el mundillo de los sueños, la fama y la dura realidad, que es de lo que va este filme, segundo título a concurso de Venecia y, curiosamente, similar en varios aspectos al que abrió el certamen, ´La dalia negra´ de Brian de Palma. En cambio, ´Hollywoodland´ tiene menos pretensiones y funciona mucho mejor. Gracias a Adrien Brody en primer lugar, que combina picardía, amargura y vulnerabilidad maravillosamente, pero también a un fantástico reparto. La mandíbula cuadrada y la cara de muchachote americano de Ben Affleck, que le ha dado papeles tan planos, es perfecta en esta ocasión para su papel del supermán televisivo, un actor frustrado por estar encasillado en un papel que odiaba. Probablemente, es su mejor trabajo hasta la fecha. Dos secundarios de lujo, como Bob Hoskins y Diane Lane, que interpretan al hosco jefazo de la Metro y su mujer, se bastan ellos solos para reflejar la cara privada y poco presentable de Hollywood. Los grandes estudios, la lucha por la vida en el cine, con ecos del filón que abrió ´Ed Wood´, son el decorado de un relato que esboza la sinuosa frontera entre la vanidad y la ambición, de un lado, y del otro, el derecho a desear una imagen mejor de uno mismo y a creer en algo. El relato de Capote También es buena ´Infamous´, proyectada fuera de concurso, una cinta sorprendente porque es un retrato del escritor norteamericano Truman Capote y cuenta cómo escribió su libro ´A sangre fría´. Sí, efectivamente, ya han hecho esa película, se llama ´Capote´, la estrenaron el año pasado y encima a Philip Seymour Hoffman le dieron el Oscar por su interpretación del divo. En fin, no es por llevar la contraria, pero vienen ganas de decir que ´Infamous´ es mejor y también su Capote, un extraordinario Toby Jones, mucho más fluido, humano y auténtico que el anterior, que abusaba del repertorio de ´tics´ de amanerado y estaba construido a base de manual. Los estilos son distintos, porque la primera era más sombría y austera, pero esta resulta más completa sin dejar de transmitir lo mismo. Cuestión de mala suerte y de llegar el segundo. A la espera de saber si la gente querrá volver al cine a ver la misma película, porque hay momentos e imágenes iguales, nunca se sabrá qué destino habría tenido si hubiera llegado antes. La escritora Harper Lee, que en la primera película era Katherine Keener, esta vez es Sandra Bullock, que también está muy bien, así como Daniel Craig (James Bond), el asesino encarcelado. Por último, como lo bueno no podía durar, el otro filme de la competición presentado ayer fue un coñazo soberano. ´Sang sattawat´, de Apichatpong Weerasethakul, es la primera película tailandesa en 63 años de Mostra y visto el resultado, bien podían haber pasado otros 63. Pero al tipo le dieron un premio en Cannes hace dos años, ellos sabrán. Aunque los personajes caen simpáticos, a los diez minutos ya se sospecha que eso va a ser un rollo, con planos interminables sobre la vida en un hospital campestre en el que no pasa casi nada. Cuando a la mitad de la película vuelve a repetirse el relato desde el principio, con los mismos personajes y diálogos pero en un lugar distinto, esta vez un moderno hospital urbano, cundió el pánico y la gente comenzó a huir en masa del cine. Iñigo Domínguez
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