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Edward Burns emula a Woody Allen en la dirección de una comedia en la que reafirma su amor por la "Gran Manzana".
Como es obvio, el barrio neoyorquinode Manhattan ya nunca volverá a ser lo mismo tras los atentados del 11 de septiembre. Las aceras de Nueva York, una comedia romántica al estilo de Woody Allen ?de quien su director y actor protagonista, Edward Burns, se confiesa rendido admirador? homenajea sin remilgos a la Gran Manzana, a través de la peripecia de varios personajes, representativos de cada uno de los arquetipos que circulan por la populosa metrópolis norteamericana.
Todos sabemos que Manhattan es territorio de Woody Allen; lo mismo que el Bronx pertenece a Martin Scorsese y en Brooklyn se pasea a sus anchas Spike Lee. Pues bien, en el periférico distrito de Long Island, el amo y señor es Edward Burns. Demostró su talla interpretativa en Salvar al soldado Ryan, de Spielberg, y se ha reconvertido en director independiente de cierto prestigio, aunque todavía no haya dado de lleno en la diana del éxito, pese a los aciertos parciales de No mires atrás y Los hermanos McMullen. Antiguo protegido de Robert Redford en el Instituto Sundance, el polifacético Burns se esfuerza en Las aceras de Nueva York por rendir creíbles los rifirrafes sentimentales de sus protagonistas.
El cineasta justifica su preferencia por la Gran Manzana con la siguiente afirmación: «Crecí a media hora de Manhattan, donde había dos clases de personas; los que miraban a la isla como la Tierra Prometida, que sólo tenían en mente abandonar Long Island e irse a la ciudad, y los que no tenían ningún interés o estaban aterrorizados ante esa idea». Algo de esa idea barniza el filme, donde Burns se apoya en sus intérpretes a la hora de mostrar a unos seres humanos en pos del verdadero amor.
De hecho, la película queda realzada por su bien conjuntado plantel estelar. Incluso, el propio director sabe contenerse como actor sin exagerar las reacciones de su personaje. En cambio, su ex novia Heather Graham despliega toda su gama de talentos, que son muchos, al dar vida a una muchacha lúcida e independiente, dispuesta a demostrar su valía a cualquier precio. Una actriz llena de encanto y personalidad, cuyos trazos regulares y luminosos, su rostro al estilo de Botticelli y su gracia natural son, ciertamente, una ventaja para su carrera, pero también un obstáculo, puesto que se le ha querido encasillar casi simpre en el mismo tipo de papeles. Y eso no encaja con una mujer que acepta a disgusto plegarse a interpretaciones estandarizadas. El resto del reparto cumple en esta comedia agridulce, que supone toda una declaración de amor por parte de Edward Burns.
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