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Neil Jordan descubre el lado más sombrío de la Costa Azul en un "remake" de "Bob le flambeur".
"La profunda soledad de un samurái sólo es comparable a la del tigre en la selva". La frase, extraída del Bushido japonés, fue la marca de fábrica del realizador francés Jean-Pierre Melville, autor de "Bob le flambeur" (1955), apasionante filme negro del que ahora el cineasta irlandés Neil Jordan nos ofrece un "remake" titulado "El buen ladrón". Hampones, policías y perdedores natos pueblan este fascinante "thriller", realzado por la vibrante interpretación de Nick Nolte, metido hasta el cuello en un papel que le va como un guante. Como era de prever, Jordan se ha sentido subyugado por un personaje que vive como un funambulista: es parte de la sociedad, pero sobrevive al margen de ella, haciendo uso de su astucia.
Bob, el protagonista, es un drogadicto, un ser humano falible, escorado al juego y a la criminalidad. Como amigos tiene desde camellos hasta policías, inmersos en un submundo emocionante y extraño. Oscuras sombras se proyectan a lo largo de toda una historia ambientada en la Costa Azul, en lugar del umbrío París de Melville. Montmartre y Montparnasse han sido sustituidos por Niza y Montecarlo. Por una parte, tenemos los callejones iluminados por luces de neón del mundo nocturno de Niza; por otra, el sol permanente, el mar azul y los colores vivos, cortesía del singular imaginero Chris Menges, oscarizado por "La Misión".
Fuertes contrastes, pues, para este vertiginoso descenso a los infiernos, filmado con estética de realismo mágico, en el que tampoco faltan los gestos románticos, además de los iconos religiosos, tan propios al autor de "Mona Lisa". Curiosamente, la posesión más apreciada de Bob es una pintura de Picasso, que se convierte así en un emblema, en un personaje en estado de gracia. Algo que los protagonistas de "El buen ladrón" nunca podrán alcanzar, ya que su forma de vida consiste en imitar; aunque puedan llegar a hacer perfectas imitaciones, el resultado siempre será, no obstante, una imitación.
Como era de prever, el peso de la película recae sobre Nick Nolte, un actor con fama de camorrista, al que en su día Katharine Hepburn ?con quien trabajó en "La última solución de Grace Quigley"? le llamó «zopenco analfabeto». Nolte es un duro con todas las de la ley, un solitario inconformista y marginal, frustrado por sueños imposibles, por el abuso de poder y por la mezquindad.
Un artista de arranque, de revólver al que no le queda más que una sola bala. Un actor contemporáneo, aunque de moral clásica, consciente de que las causas valen menos que la belleza de los gestos que las sirven. Un actor que siempre impone con fuerza su áspera personalidad, su agresividad, sin pretensiones ni coartadas. Nick Nolte es el "alma mater" de "El buen ladrón", un personaje destructor, con una rendija por la que penetra sedosa nuestra simpatía. ¿Lógicas decantaciones del Mr. Hyde que todos llevamos dentro o, sencillamente, la irreprimible admiración por el actor que lo interpreta?
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