10/08/2008
Mientras en verano las salas de cine congelan a los espectadores con el aire acondicionado, el séptimo arte ha utilizado el calor en muchas ocasiones como un personaje más. Sin él,
Marilyn Monroe nunca se habría refrescado encima de un respiradero del metro para provocar su legendario levantamiento de faldas en "La tentación vive arriba", de
Billy Wilder (1955) ni los vecinos de
James Stewart en "
La ventana indiscreta" (1954) habrían aireado sus intimidades para deleite del impedido voyeur creado por Hitchcock. "Cuando hace este calor, ¿sabe lo que hago? Guardo mi ropa interior en la nevera", decía con sexy ingenuidad Marilyn en la película de Billy Wilder. Pero sobre todo, el calor ha sido explotado como un extremo que desarrolla la animalidad, que abre los poros y deja escapar los sentimientos primitivos.
En 1981, tras colaborar en el guión de la saga de "Star Wars" e Indiana Jones,
Lawrence Kasdan debutó como director con "
Fuego en el cuerpo", una trama clásica inspirada en "
Perdición" (1944) pero con un erotismo enfermizo entre
Kathleen Turner y
William Hurt que se potenciaba con la ola de calor que en la película asolaba Florida. "Puedes quedarte aquí conmigo si quieres, pero tienes que prometerme que no vas a hablar sobre el calor", decía él para romper el hielo en pleno verano. "Soy una mujer casada", respondía categórica ella. La conversación terminaba con un helado derramado en su blusa.
Para aplacar la suma de temperaturas corporales y ambientales, los protagonistas, en otra secuencia para el recuerdo, echaban cubiteras de hielo a una bañera que hervía por un deseo sexual que pronto derivaría hacia lo criminal. Almodóvar también utilizó un verano, esta vez madrileño, para una escena que resume toda su primera etapa. "Esta noche no lo soporto. Riégueme, riégueme", gritaba
Carmen Maura al basurero que limpiaba la calle con su manguera en "La ley del deseo" (1987). El ambiente sofocante acompañó toda la obra creativa de Tennessee Williams que, recalentada con la moralidad del sur de Estados Unidos de donde provenía del dramaturgo, transcurría por los raíles de la sexualidad reprimida.
El calor, que también acelera los procesos de putrefacción, aumentó la sensación de sordidez y corrupción de "
En el calor de la noche" (1967), en la que ni la oscuridad podía ocultar el carácter impositivo, racista y violento del policía interpretado por
Rod Steiger. La película, ambientada en verano en Misisipi, fue rodada en otoño en Illinois y los actores, en algunas escenas, tuvieron que mascar hielo para que el vaho de sus bocas no interrumpiera la impresión de torridez. Esa misma sensación presidía "
Sed de mal" (1958) que, localizada en México, contaba con un orondo
Orson Welles que, en un significativo papel, se arrastraba y sudaba como una babosa que ralentizaba la resolución de la trama.
El calor asfixiante también potenció la angustia en thrillers como "
El cabo del terror" (1962), en la que
Robert Mitchum se recreaba en su salvajismo sin camiseta, aunque sirvió de contraste para la frialdad asesina del Tom Ripley interpretado por
Alain Delon en "
A pleno sol" (1960). Pero el calor también produce sed de venganza, como mostró
Sam Peckinpah en "
Quiero la cabeza de Alfredo García", en la que el camino hacia la revancha estaba regado por el sudor de un padre que persigue a quien deshonró a su hija.
La aridez del oeste creó en sí misma un género como el western, que estiraba la tensión hacia el mediodía, cuando el sol no produce sombra, para el clímax de "Sólo ante el peligro" (1952), o encontraba las pasiones de
Joseph Cotten,
Gregory Peck y
Jennifer Jones en el apoteósico y achicharrante desenlace de "
Duelo al sol" (1946). Finalmente, más al sur, llegando al trópico, el calor húmedo y la transpiración jugaron un papel definitivo en "
El salario del miedo" (1953), de Henri Georges Clouzot, y "La muerte en este jardín" (1956), de
Luis Buñuel.
Mateo Sancho Cardiel, Redacción Internacional