24/02/2006
George Clooney realiza un homenaje al cine de Welles, Wilder y Lumet
A veces el Poder no puede destruir lo que quisiera. Edward R. Murrow fue un periodista íntegro, de mirada severa y palabras combativas. Un comunicador que, en la Norteamérica de los 50, denunció la caza de brujas contra los comunistas emprendida por el senador Joe McCarthy enfrentándose a la censura política y la mazmorra profesional: «Si nunca hubiéramos leído un libro inquietante, tenido un amigo diferente o expresado por el progreso, seríamos ese tipo de hombres que gustan al senador McCarthy. Salgamos ahí afuera porque el miedo está en esta sala», animaba Murrow a sus colaboradores antes de su batalla.
'Buenas noches, y buena suerte' es una película tan exigente como su historia y el compromiso de sus personajes. Sin apenas concesiones en lo narrativo, se construye en un tono semidocumental que refuerza su veracidad y autoría. En su segunda película como director, George Clooney renuncia al celofán del color y la música para dejar fluir la palabra con aspereza y dolor, iluminando con fuertes contraluces y expresivos claroscuros las contradicciones de un mundo de miedos valientes. Una atmósfera densa, nublada por el humo constante de los cigarrillos, revela de manera gráfica la tensión permanente del periodismo de raza. La película se arma y distingue con las interpretaciones de todo su elenco, destacando la intensa frialdad de David Strathairn en su papel de Edward Murrow: un hombre tranquilo con una tormenta en el alma. 'Buenas noches, y buena suerte' nace como un homenaje al cine de Welles, Wilder y Lumet. Una película que se distancia deliberadamente de los sentimientos para no mostrar la herida sino la cicatriz que dejó el daño nacido de la feroz ley del silencio.
Sin embargo, aquel valioso pasado tiene una pobre lectura presente. Durante la proyección a la que asistí -era tarde, como casi siempre para la inteligencia- una jovencita dormitó a mi lado hasta el ronquido. A la salida, los de atrás preguntaban entre chanzas y cansanci «¿Y aquí quién es el asesino?», mientras que otros excusaban su aburrimiento en el blanco y negro de la película. Al margen de la evidente frialdad del filme, faltaba en ellos el deseo de aprender más allá de lo que la televisión nos muestra y la sociedad nos esconde. «La televisión puede divertir, informar e incluso inspirar» -reflexionaba Murrow. «Siempre que quienes en ella estemos la hagamos con esos criterios. Si no, solo será un amasijo de luces y cables». Cincuenta años después estamos peor que antes. Miramos obstinados la televisión para así no tener que ver casi nada. Tan solo, bullicioso silencio.