17/11/2006
En el cine hay ocasiones donde lo escrito, el guión, no admite ni una palabra de más. Y mucho menos el pie de página de un director que pronto pone de manifiesto los temblores de su pulso narrativo.
En el cine hay ocasiones donde lo escrito, el guión, no admite ni una palabra de más. Y mucho menos el pie de página de un director que pronto pone de manifiesto los temblores de su pulso narrativo. Este es el caso de 'Los fantasmas de Goya', último trabajo de Milos Forman que, concebido desde el lujoso retrato histórico y la meditada indagación psicológica sobre un artista, una época y un pueblo -el español en el umbral del mundo contemporáneo nacido con el siglo XIX-, desemboca tristemente en unas imágenes que desmadejan y confunden el brillante discurso de su guionista, Jean-Claude Carrière, estrecho colaborador del maestro Luis Buñuel en películas donde se unieron genialidad, heterodoxia y precisa significación.
«No habrá libertad para quien no quiera nuestra libertad», amenaza el personaje de Lorenzo -papel para un Javier Bardem con dos ropajes y un solo rostro, el de la estrategia en la crueldad- quien primero vestirá los oscuros hábitos de la Inquisición para más tarde -ya como gobernador de Napoleón- lucir el lujo afrancesado en una España sometida a la palabra y la pólvora invasoras. Al fin, la misma noche oscura, dictaduras hermanas que entristecerán la mirada de un artista, Francisco de Goya, ya consciente en su vejez de que el sueño de la razón siempre produce monstruos. Sin embargo, querer no siempre es poder. Así, la hábil construcción argumental basada en estos dos mundos -religión y dominación- que aunque con distinta luz arrojan similares sombras; la precisa evolución de los sentimientos de Goya, sordo testigo de los gritos de una guerra; el complejo retablo social que envuelve, atemoriza y daña al pintor, e incluso la rica dirección artística del filme y sus bienintencionadas interpretaciones quedan ensombrecidas por la falta de tensión y convicción narrativas de Milos Forman, quien no consigue entender la grandeza de esta tragedia personal ni transitar con honestidad por los sombríos pasadizos de la historia de España.
Como virtudes y consuelo, las interpretaciones de Natalie Portman, extenuada en el intento de dar intensidad dramática a un personaje al límite de la credibilidad, y del actor sueco Stellan Skarsgard, quien compone un Goya equilibrado desde su tortura interior. No tanto Javier Bardem que alterna, como los dos perfiles de su personaje, momentos de veracidad con otros de cuidado pero inexpresivo oficio.
'Los fantasmas de Goya' supone un acercamiento con más voluntad que acierto a la vida de un pintor y su retrato de un país, España, bajo el guante lánguido de la monarquía y tras la estela de una esperanza, como siempre, hecha pronto añicos a bastonazos y soberbia.