26/05/2006
'El código Da Vinci' es una película de misterio y religión en la que, sin embargo, cuesta creer
Sabemos que para ver desde la fe es imprescindible cerrar los ojos de la razón. Que no cabe la sombra de una duda en la luz de la Revelación y que añadir palabras nuevas al evangelio supondría cambiar el viejo discurso de la Iglesia para admitir -bien lo sabía Unamuno- que «una fe sin dudas es una fe muerta». Y si el matiz de un nuevo renglón ya es complicado, el cambio de papeles resulta imposible. Después de dos mil años del mismo catecismo, ¿quién admitirá cambiar ahora el texto del examen? ¿Quién aceptará que Cristo cayó en su última tentación? La que siempre vive arriba: una hermosa mujer, María Magdalena, que alumbró la descendencia del hijo de Dios oscureciendo con ello la divinidad de Cristo.
Este es el núcleo argumental de 'El código Da Vinci': la novela de Dan Brown convertida en el mayor 'best seller' literario de los últimos años. Y también de su adaptación cinematográfica, realizada con vocación de espectáculo por aquel triunvirato sin talento de 'Una mente maravillosa': el director Ron Howard, el guionista Akiva Goldsman y el productor Brian Grazer. Conscientes de que quien más gana es quien mejor apuesta, se hicieron de inmediato con los derechos de una historia polémica que crucifica la imagen tradicional de Cristo. A partir de un argumento fabricado con el mismo encaje minucioso de las novelas de Agatha Christie -desde el principio estamos cerca de la verdad para, tras recorrer senderos laterales y analizar pistas engañosas, volver al punto de partida- la película tan solo necesitaba la rúbrica de un buen escritor de imágenes. Y Ron Howard no lo es. Con 'El código Da Vinci' confirma de nuevo su falta de pulso narrativo y tensión arterial, contagiando a sus intérpretes esa misma apatía y falta de convicción hacia el 'thriller' que propone. Un lánguido Tom Hanks, una sosa Audrey Tautou -¿dónde estás Amélie Poulain?- y un histriónico Ian McKellen -qué difícil ver esto en un actor de tanto talento y elegancia- corretean por la belleza adormecida de París y se adentran bajo el cielo de cristal de la Pirámide del Louvre: verdaderos protagonistas de esta historia con mucha geometría y demasiada matemática. La de su 'marketing' y amplísima recaudación. Disparada por la algarada de velas y rosarios ante los cines de estreno amén de las homilías incendiarias que, prohibiendo, consiguen que la gente acabe queriendo.
Tras tanta sotana, templario y criptograma, 'El código Da Vinci' es una película de misterio y religión en la que, sin embargo, cuesta mucho creer. ¿Será porque continuamente nos hace comulgar con ruedas de molino?