Autor crítica:
E. RODRIGUEZ MARCHANTE
Esta película rumana ganó la Palma de Oro en el último Festival de Cannes, y a nadie le sorprendió porque reunía todos los requisitos para merecerlo: un argumento duro, espinoso; una mirada directa, fría; un lenguaje severo, desdramatizado; un personaje interpuesto entre "lo" dramático y el espectador... Cualidades de festival que quizá no lo sean tanto para su entrada ahora en las salas comerciales. Es, sin lugar a dudas, una película curiosísima, distinta, hecha por un cineasta que controla cada uno de los nervios de su obra y con un ojo "raro": incluso mira al pasado sin que trasluzca ni el más leve parpadeo de nostalgia, cosa que se entiende, dadas las circunstancias. Pero no es fácil.
La historia se sitúa a mediados de los años ochenta, en Rumanía, durante la dictadura de Ceaucescu, y relata exclusivamente y en tiempo casi real la peripecia de una joven que ayuda a su amiga a abortar en unas condiciones penosas y en un lugar y una época en la que estaba penado con cárcel.
Sin necesidad de que su cámara busque temperatura dramática, el director, Cristian Mungiu, narra ese encadenamiento de sucesos fríos mediante planos largos, tozudos, sin calidez pero altamente descriptivos y "reales". No hay una reflexión o una postura moral ni sobre el aborto ni sobre el ambiente opresivo de la dictadura comunista: un retrato frío sin aparente implicación emocional ni moral de su autor, pero que, sorprendentemente, atrapa al espectador convirtiéndolo en partícipe más que en testigo. Y esta paradoja sucede por la gran y cercana interpretación de la protagonista, Anamaria Marinca (darle el protagonismo no a la mujer que aborta sino a la amiga, y poner en ella todo el peso narrativo es una declaración de intenciones: como si Mungiu quisiera postular, más que sobre la cuestión ética de abortar, sobre el convenio no escrito de la amistad).
Pero el talento cinematográfico del director no se aprecia sólo en el tono y la distancia con la que cuenta la terrible y seca historia. Su modo de engarzar situaciones y tomar curvas narrativas es espectacular, y secuencias como la cena en casa de los padres del novio o el retrato (completamente "kaurismático") de la recepción del hotel o del presunto médico, dejan al espectador perplejo y en ese terreno donde la risa (la maldita risa) pugna por salir de modo inconveniente.
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