Autor crítica:
RICARDO ALDARONDO
Como carta de presentación, parece que sigue funcionando anunciar y repetir los grandes presupuestos. Si algo sabíamos de Alatriste es que tiene mucho dinero detrás, al menos para una película española. No sería bueno, sin embargo, ir a ver Alatriste, esperando ver todos esos euros danzando en pantalla. El dinero suele invocar a la espectacularidad. Y Alatriste tiene espectacularidad, pero no al estilo americano. Afortunadamente, el director Agustín Díaz Yanes ha sabido invocar a otro tipo de impacto visual que el que ha establecido cierto tipo de cine estadounidense, ese que lanza cada dos segundos un fogonazo de luz a la pantalla y que inunda la banda sonora con zarpados de ruidos y sonidos supuestamente inquietantes.
La espectacularidad de Alatriste está, por un lado, en la exquisita, detallista y cuidadísima ambientación, y por otro en la cercanía que consigue a los personajes. Peligro a la vista, sí: estamos acostumbrados a la tendencia al look de guardarropía del cine histórico español, y también a las peroratas explicativas de los hechos, intrigas y seducciones de palacio. Pero Alatriste ha conseguido evitar los temidos genes. Y eso que toda la imagen de la película está construida a partir de la iconografía de la época que han dejado inmortalizada Velázquez y demás habitantes del Prado, cuyas imágenes parecen cobrar vida en pantalla. ¿Cuadros vivientes? Pues tampoco es eso. El director de fotografía ha hecho un trabajo magistral para conseguir, no que las imágenes sean bonitas, sino que la luz de los rostros, los gestos y los paisajes recreen el siglo XVII tal como nos los han contado desde entonces cuadros y libros. Si Pérez-Reverte celebra con su personaje Alatriste todas las lecturas y toda la pintura que ha disfrutado como amante de la literatura y el arte, la película hace posible que cobre vida esa imaginación de lector.
Pero Alastriste no sólo funciona en la producción. Agustín Díaz Yanes ha construido un sólido guión en el que se narran paralelamente la decadencia de un imperio y la acumulación de las heridas, más que físicas, anímicas en el intrigante Alatriste. El relato se apoya, más que en las palabras, bien distribuidas en secos y certeros diálogos, en la sabia elección de los acontecimientos narrados, sin redundancias ni explicaciones verbales de las cosas que ya dicen una mirada o un gesto.
A Viggo Mortensen se le escapa de vez en cuando algún acento extranjero en su perfecto español, pero a medida que el personaje se hace sólido en su carácter taciturno, melancólico y derrotado, acaba por darle un atractivo misterio a un personaje que borda. También secundarios como Eduard Fernández o Antonio Dechent contribuyen a vivificar todo ese mundo que a Pérez-Reverte le atrae tanto, de orgullos sin gloria, amistades viriles, gestas perdidas y traiciones, y que resulta conmovedor en la última parte del filme. La descripción de Alatriste que hace Olivares, "valiente, comedido y de fiar", le sienta bien a la película.
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