Autor crítica:
OSKAR L. BELATEGUI
El año que viene cumplirá cien años. Manoel de Oliveira, el cineasta en activo más viejo del mundo, sigue estrenando puntualmente un largometraje cada año. Belle toujours se presentó en Venecia y San Sebastián, y en ambos festivales provocó la misma impresión: parecía la película de un jovenzuelo descarado.
El veterano cineasta portugués recupera a los personajes de Belle de jour cuarenta años después de que Luis Buñuel dirigiera una de sus obras más celebradas. Henri (Michel Piccoli) persigue por todo París a la prostituta Séverine (Bulle Ogier en lugar de Catherine Deneuve, que se negó a participar en el juego) para comprobar si sigue siendo la misma mujer que antes. Ella no muestra ningún interés en rememorar sus días masoquistas.
Rodada con cuatro perras, con una duración apenas superior a la hora, De Oliveira convenció a Piccoli para que retomara su papel de libertino. Ahora él es un anciano alcohólico; ella, una viuda arrepentida de su turbio pasado. El sentido del humor perverso del autor de El convento no impide las lúcidas reflexiones sobre la enfermedad, la vida y la muerte. Sin un ápice de nostalgia, cargada de melancolía inteligente, Belle toujours vuelva a mostrarnos la cajita buñueliana en la que zumba misteriosa una mosca.
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