Autor crítica:
JAVIER CORTIJO
Alguien capaz de remojar los sentimientos en el caudaloso río del sacrificio para ponerlos a secar con la brisa del desierto merece, al menos, una atención seria cada vez que firma una película con la etiqueta "romántica" colgándole del cuello. Por supuesto, los diez años transcurridos desde "El paciente inglés" hasta ahora serían un pequeño brinco para cualquier "true love" pero un gran paso para la carrera de un cineasta como Anthony Minghella, cuya naturaleza está sujeta a los avatares y zarandeos de una industria siempre ojo avizor a las sutilezas emocionales.
Vamos, que un día te come a besos y estatuillas y al siguiente ya planea cuernos virtuales con niñatos videocliperos. Por eso, el de la isla de Wight apuesta fuerte con este proyecto, un antiguo amor teatral cuyas tablas y pilares maestros remiten a un tipo que, suponemos, no suele regalarse para San Valentín en el Hollywood actual: Ingmar Bergman. Y es que los hilos que mueven a los personajes principales de "Breaking and Entering" son parecidos a los que nos tendió el sueco en "Secretos de un matrimonio", "La carcoma" o "Sarabanda". Esto es, dos cónyuges camuflando su propia incomunicación en la de su hija, aquejada de una extraña obsesión gimnástica y alimenticia. En un malévolo efecto bumerán, el principal escollo del filme es el mismo que el de muchas relaciones: la acumulación de elementos secundarios recolectados a lo largo del camino. Principalmente la subtrama de los robos y, paradójicamente, el episodio del flirt con la inmigrante bosnia (magnífica y derrochadora Binoche).
De todas formas, y pese a las camisas de cuello Mao de Law y sus mohínes (no se puede ser tan dramáticamente guapo) y cierta reacción samaritana y en falsete de la "cornuda" esposa, queda un producto con empaque y "adulto", como un disco de Sting.
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