Autor crítica:
RICARDO ALDARONDO
Hay espectadores que buscan películas bonitas y agradables, con historias que muestren quizás algunas de las dificultades que tiene la vida, pero no se regodeen en desgracias o problemas. Películas que resulten entrañables, emotivas, y si además tienen unos buenos golpes de humor, mejor. Narraciones que se sigan en orden de principio a fin y sin tener que estar haciendo deducciones, cálculos o grandes reflexiones. Bien, pues para esos espectadores está hecha, y bien hecha, Burt Munro, un sueño o una leyenda. Ese es el imposible título que le han puesto en España a lo que originalmente se llamaba The Worlds Fastest Indian, y que clausuró el pasado Festival de Cine de San Sebastián. Ahí fue despachada por algunos como una melosa odisea de buenas intenciones. Pero no hay que confundir: no es lo mismo uno de esos edulcorados telefilmes de autosuperación que una historia sencilla y bien contada, en la que se destacan eternos valores humanos, y también se ve la vida con cierta ironía y un punto lúdico nada desdeñable. Y con un actor fabuloso.
Anthony Hopkins impresionará más como Hannibal o imitando a importantes hombres de la Historia como Picasso o Nixon, pero su composición de Brad Munro es un prodigio de sencillez, perspicacia y capacidad para dotar de honestidad, dignidad y fuerza a un viejillo al que todos toman por un pirado en plan Aquellos chalados en sus locos cacharros. La historia es real: un jubilado que en los años 60 se fue desde su Nueva Zelanda rural hasta Utah en Estados Unidos, sin tener ni idea de cómo estaba el mundo, para participar en una carrera con su querida moto Indian, un viejo modelo que reconstruyó y mimó para ganar.
Aquí al lado alguien mucho más experto nos explica la importancia de esa moto. Pero para los que no tenemos ni idea de lo que significan dos ruedas a toda velocidad, Burt Munro, un sueño, una leyenda, no resulta ni ajena, ni pesada, ni incomprensible, aunque disfrutamos con la belleza vintage de la máquina. Porque es la clásica historia de una superación, de la persecución vital de un objetivo, de la confianza en uno mismo por encima de los convencionalismos y los aguafiestas que siempre aparecen por algún lado. Antes de llegar al magnífico paisaje salado, la película ya gana al espectador con esa relación del protagonista con sus vecinos, con la gente que encuentra en el camino, con su afición a acostarse con mujeres. Roger Donaldson no es precisamente rompedor, su cine es convencional y previsible. Pero en esos límites, le ha salido una película muy digna y disfrutable.
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