Autor crítica:
E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
Al contrario que la de la Coca- Cola, la fórmula de las películas de James Bond la conoce todo el mundo: los ingredientes y las dosis. Y cuando se agota un elemento, se suple con otro igual, o deseablemente igual. Sean Connery, Roger Moore, la guerra fría, la Unión Soviética, Desmon Llewelyn (o sea, el genuino "Q" que le proporciona los gadget a Bond), una "chica", otra "chica", una más... Año tras año, década tras década, la serie del agente 007 ha ido reponiendo detalles, tapando huecos, mejorando algunos, en fin, cambiándolo todo para que todo siguiera igual: lo políticamente correcto, agitado pero no batido (ahora "M" es una mujer, ahora no se fuma, ahora tal y ahora cual...). Y así llegamos a "Casino Royal", la última de la serie Bond que, en cierto modo le ha dado la vuelta a la máxima gatopardiana: que nada cambie en esencia, para que nada siga igual.
El giro es completo: un nuevo protagonista, Daniel Craig, que es el antípodas del tópico del personaje, pero que funciona como un reloj y lo ahorma a otras necesidades y retos: tiene un físico más y mejor entrenado, y más sentido del humor que elegancia, es frío e insensible como un dedo amputado y al tiempo se le aprecia un punto sensible y apasionado. Culpa, quizá, del otro hallazgo de esta entrega: Eva Green, la "chica", tan distinta en física y química a todas las anteriores "chicas-Bond", y a la calidad o calidez del romance entre ellos. O tal vez, la mayor novedad sea el movimiento en "ska" de la acción, con escenas imparables (la persecución del terrorista a saltos por los edificios es brutal) y otras de igual intriga y por completo inmóviles (la partida de póker): un Bond nacido para competir con garantías contra el naciente mito Bourne.
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