Autor crítica:
ROBERT BASIC
La vigesimoprimera entrega del inmortal agente 007 venía envuelta en el papel de regalo y en forma de sorpresa. La sorpresa tenía nombre y apellidos: Daniel Craig. El actor británico, de 38 años y físico de luchador, ha tenido que parapetarse detrás del muro de la paciencia y la corrección para resguardarse de las críticas que le han llovido desde que fuera elegido para meterse en la piel -y los trajes- de James Bond. Se le acusaba de "no dar la imagen" adecuada, de no ser capaz de seducir ni a una triste tortuga y de que su pelo, rubio, quebraba la imagen clásica del héroe fabricado por la imaginación de Ian Fleming. Incluso un nutrido grupo de fans del superespía dio de alta una página web, www. craignotbond. com -misteriosamente desactivada-, para despacharse a gusto contra el actor, "un tipo que echará al traste la reputación del auténtico 007".
Todo cambió, o casi todo, con el estreno internacional de Casino Royale, una película dirigida por Martin Campbell que retorna a los orígenes del espía británico y vertebra una oscura historia iluminada por el buen hacer de Craig. La cinta destila eficacia, retrata a un Bond mucho más humano y real, y la pericia actoral del intérprete británico remolca a buen puerto un proyecto que ha costado más de 110 millones de euros.
Campbell dibuja a un 007 solitario, retraído, lo aleja del estereotipo del espía y lo vuelve más oscuro, sin que la transición del modelo clásico estropee la apuesta por la modernidad. Una metamorfosis completa y satisfactoria de la que Moneypenny puede estar bien orgullosa.
La crítica británica calificó de "fantástico debut" la labor de Craig y alabó la "vulnerabilidad" del nuevo 007. "No sólo está acongojado, sino que también termina casi muerto después de una pelea". Que los tiempos han cambiado lo confirma una de las escenas de la película. Cuando le preguntan a Bond si quiere su martini con vodka mezclado o agitado, el superagente responde: "¿Cree que me importa?". Pues eso.
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