Autor crítica:
BEGOÑA DEL TESO
Lo malo de Colegas en el bosque es que ya la hemos visto. Una, dos, tres veces. La vimos cuando pagamos una entrada para Madagascar. Y cuando nos invitaron a la primera parte y a la segunda de las desventuras de aquellas pobres criaturitas neoyorquinas que retozaban felices en su zoo hasta que a alguien se le ocurre soltarles en la salvaje África. En realidad, estamos viendo Colegas en el bosque continuamente. Cada vez que a alguno de los millones de animadores cinematográficos que pueblan el planeta se le ocurre hacer una película de dibus con animales más o menos asilvestrados o más o menos domesticados. Sí, incluimos Vecinos invasores. No, imposible incluir en la lista El corral, una fiesta muy bestia, porque esa peliculota no tiene parangón en la historia (bruta) de la animación (bruta).
Colegas... cuenta lo que cuenta: un oso pardo de las Montañas Rocosas convertido en peluche grandullón por los mimos de una guarda forestal vestida con los últimos modelos de Coronel Tapioca, se tendrá que enfrentar a la vida en el bosque justo cuando se abre la veda. Ciervos, mofetas, patos y otras criaturas, se mofan de él hasta, hasta, hasta que... lo que podemos imaginarnos sucede: aparecen los cazadores y entonces, entonces.... no, no se acaba el alboroto y sí, sí empieza el tiroteo... pero al revés.
Producida por Sony/Columbia, otra de las compañías dispuestas a zamparse un trozo de la tarta puesta a disposición de todos tras el derrumbe del monopolio Disney, puede que la calidad de esta película deba calibrarse contando los millones de pelos que forman el abrigo natural del oso, dado que es así como se mide la bondad de la animación computerizada pero, francamente, no estamos por la labor. Colegas ... funciona en sus dos y tres dimensiones informatizadas, luce un personaje magnífico (el cazador obsesionado por el futuro de la Humanidad) y la hemos visto tantas veces que los niños que asistían a nuestra sesión se adelantaban chirenes a las réplicas del guion. Eso, desde luego, resulta bastante grave si lo que se quiere ( y se debe) es sorprender.
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