Autor crítica:
RICARDO ALDARONDO
Eragon es un quiero y no puedo. Ponerse voluntariamente en la línea de salida tras El señor de los anillos, Harry Potter y Las crónicas de Narnia, sin miedo al vertigo y con paracaídas de segunda, no es recomendable. Pero los artífices de esta nueva fantasía épica pretenden tener el reino navideño, aunque no han invertido lo suficiente como para hacerse con el trono, ni en lo económico ni en lo artístico.
Lo primero que sorprende a quien se acerca a Eragon es el minutaje: acostumbrados a la épica de larga duración, esta hora y tres cuartos parece comedida y ajustada. Pero no lo es, por un lado porque la película se hace larga sin serlo, y por otro porque se diría que es un montaje recortado a machetazos, probablemente sin serlo tampoco. El relato está construido tan a salto de mata, sin explicar, sin dejar que los personajes y las situaciones crezcan y se desarrollen de manera natural que, dure lo que dure, no funciona.
Eragon, al menos en su versión audiovisual, tiene demasiadas deudas evidentes: un esquema de personajes en parte similar al de La guerra de las galaxias, sin que la fuerza esta vez acompañe; palabras inventadas en plan El señor de los anillos (además del parecido fonético entre Eragon y Aragorn), con una batalla final que parece hecha de descartes de Peter Jackson; y un protagonista y una estética asépticos y de postal, en la línea de El lago azul.
Todo parece entregado a conseguir unos buenos dragones. Y ahí sí, Eragon se ve capacitada para hacer de Saphira un personaje cercano y creíble, de voluptuosos movientos, con peso en la batalla. En cambio, el resto de los efectos visuales son de videojuego de hace un par de generaciones. Se diría que los dragones se comieron el presupuesto, porque tampoco da para que John Malkovich salga más que en un par de escenas, y siempre en el mismo sitio. Ni él, ni Robert Carlyle, ni Jeremy Irons, están a la altura de sus talentos. Pero no son problemas individuales: a toda la película le falta alma, pasión aventurera, heroicismo de verdad, no del encapsulado en frases rimbombantes.
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