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Expiación - Más allá de la pasión

Autor crítica: Mateo Sancho Cardiel

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La convivencia del cine británico más exquisito con un insulso producto de sobremesa marca "Expiación - Más allá de la pasión", un segundo asalto del director Joe Wright y su musa Keira Knightley en el terreno de las adaptaciones literarias, y cuya calidad se polariza de manera dramática.


Aclamada como una de las películas del año, candidata a siete Globos de Oro y digna representante de la ilustre tradición del cine literario británico.


Son los trajes que viste "Expiación - Más allá de la pasión" y que parecen diseñados a medida para la milimétrica y sofisticadísima introducción del film, pero de los que quedan sólo jirones tras la deshilvanada resolución de sus propuestas.


Perfección contra zafiedad. Sublimación contra convencionalismo


A un lado del ring, una coreografía narrativa que hace que la película baile ligera, elegante, fresca y magistral. Al otro, una vulgar tragedia romántica con un trasfondo bélico desorientado, reiterativo y perogrullesco.


No hay combate porque no hay contacto.


No hay contaminación.


No se despeina el alargado prólogo en el que los personajes van puliendo sus ambigüedades y el espectador va tomando sus posiciones, en el que se desglosan las paradojas del ritual amoroso y el poderoso retrato de la obsesión infantil.


Pero cuando tocaba entrar a matar en el campo del sentimiento, el escenario de la batalla se traslada a la Segunda Guerra Mundial y así, en un abrir y cerrar de ojos, el mecanismo impecable frena en seco y las inmediatas consecuencias del tropiezo lo despojan del gozo que se paladeaba minutos antes. "Expiación" es, por tanto, lo más parecido en el cine reciente a la doble sesión, con permiso del proyecto "Grindhouse" de Tarantino y Rodríguez.


Apenas se pueden vincular entre sí sus dos capítulos a pesar de la sensible banda sonora que se funde con la mecanografía literaria de la que se enorgullece la historia, adaptada del best seller de Ian McEwan.


Por su parte, un mismo recurso de guión, que como una aguja de sastre artesano marca primero los hechos para luego bordarlos y dejarlos bien atados, consigue puntear primero el corte maestro del filme para más tarde subrayar empecinadamente sus errores.


Consecuencia: El talento desplegado se neutraliza con el despropósito posterior y no hay promedio posible para este examen en el que un alumno aventajado del mejor James Ivory dejó la segunda y más importante pregunta sin contestar.

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