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Había un padre

Autor crítica: ANTONIO WEINRICHTER

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Wim Wenders le dedicó un diario de viaje filmado, Schrader calificó su estilo de trascendental. Cuando Occidente descubre el cine de Yasujiro Ozu, con una retrospectiva que circuló ampliamente a los quince años de su muerte en 1963, brotan como setas fans fatales que juran y filman en su nombre (Guerín y Straub son otros dos: la línea pura y dura de la modernidad). Y debe reescribirse la historia misma del cine, para acoger, junto a Bresson pero radicalmente otro, a un cineasta clásico y tradicional (pero tan despojado y riguroso que pudo ser reivindicado por los apóstoles del modernismo), creador de un cine minimalista como un jardín japonés y poético como un haiku.

Su estilo es inconfundible aunque sus películas se confundan entre sí tanto como sus títulos: siempre rodó historias de generaciones familiares, con la cámara fija en el tatami a ras del suelo, y con un peculiar concepto del espacio doméstico; los "saltos de eje" y los planos vacíos que separan secuencias son sólo dos elementos de su reducida paleta estética que explican la fascinación ejercida por su cine. Aunque su obra se ha visto en filmotecas y festivales, el de "Había un padre" debe de ser el primer estreno comercial de Ozu entre nosotros. Una pieza maestra de 1942, una obra de cámara para padre (el gran Chishu Ryu) e hijo, discreta y sublime. Al estilo del viejo Ozu.

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