Autor crítica:
JAVIER CORTIJO
Se le nota a la legua el pelaje de opera prima a esta película, multipremiada en Sitges, que podría ilustrar el término "desasosegador" en cualquier diccionario. Premisa endemoniada, guión largamente repeinado (es de novatos tener mucho tiempo de espera y poco de ejecución; aquí, 18 días de rodaje) y deberes cinéfilos bien hechos. En el caso de David Slade, la obra del londinense Nic Roeg, uno de los padres del moderno terror psicológico (revisen "Amenaza en la sombra"). Así, nos plantamos rapidito y en pantalón corto en ese sofá de skay, incómodo y pringoso, que supone "Hard Candy": un treintañero, engañosamente atractivo e inocente, queda con una catorceañera (exactamente con sus mismos atributos, primera vuelta de tuerca de seda del cineasta) a la que ha conocido en un chat churruscado.
Al llegar a la lujosa madriguera del gachó, los roles de Caperucita y lobo feroz no tardan en virar (segundo golpe de timón): en realidad, la niña sabe más que Lepe, Lepijo y su hijo, y el motivo de la cita era tenderle una trampa al pederasta, organizándole una sesión castradora que, sin llegar al nivel torturador de "Audition", consigue poner a punto de nieve los huevos con patatas fritas de la cena tan ricamente. Aunque, desde luego, lo peor (y a la vez mejor logro de Slade, considerando el género en que se mueve) es que lleguemos a sentir compasión del pobre diablo y odio por su presunta víctima. Insana sensación lograda gracias al talento de los protagonistas, un Patrick Wilson imparable (se lo rifan Todd Field, DeNiro y Edward Burns) y una Ellen Page pelín parlanchina a la que veremos en la muchachada mutante de "X-Men 3". Lástima que, como buen novato, Slade no sepa rematar la faena. Pero hasta el rookie del año falla la última canasta, ¿no?
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