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Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal

Autor crítica: Amanda Samper

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Después de 19 años de "La Última cruzada", la última aventura del doctor Jones y tras 27 años de su aparición en la gran pantalla por vez primera, vuelve el que es el mejor personaje de aventuras del cine de todos los tiempos: Indiana Jones.

Y decimos de todos los tiempos, porque ha estado casi 20 años en la palestra cinematográfica de forma latente para ahora volver de nuevo y dar el do de pecho en una nueva entrega de la saga: "El reino de la calavera de cristal".

La película está ambientada en 1957 época de coches molones, tupés juveniles y rock and roll con El Rey a todas horas en las emisoras americanas. Ya quedaron atrás los problemas con los fríos y poco amistosos nazis, que ahora dan paso a los también poco afectuosos comunistas del régimen de Stalin en mitad de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la antigua URSS.

Bajo estas condiciones aptas para preparar una aventura vuelve Harrison Ford a interpretar a un aventurero madurito en busca de un nuevo tesoro perdido en tierras lejanas. Con un reparto de lujo encabezado por Ford al que le siguen Cate Blanchett, Karen Allen, John Hurt y el joven Shia Labeouf, al que muchos tachan del nuevo Marlon Brando, nada más alejado de la realidad, la nueva película de Indiana Jones entra por la puerta grande.

En esta ocasión Indy y los suyos irán tras los pasos de la calavera de cristal de Akator, cuyo paradero parece hallarse en Perú donde antiguos conquistadores españoles hablaban de que allí se encontraba "El Dorado". El Dr. Jones y el joven Mutt Williams al que da vida Shia Labeouf emprenderán la búsqueda del tesoro reflejado en los escritos del español Francisco de Orellana. Pero en esta nueva expedición no irán solos. Los comunistas con la agente rusa Irina Spalko, magistralmente interpretada por Cate Blanchett, intentarán hacerse con el tesoro y con sus poderes sobrenaturales, mezcla de superstición y ciencia ficción.

Bajo este esquema repetitivo se erige la nueva entrega que viene de la mano de "papá Spielberg", lo que ya le da cierta seguridad de éxito. El resto del prestigio (y taquillazo seguro) viene dado por las tres películas anteriores a cada cual más rentable. Indiana Jones ha resultado ser la "gallina de los huevos de oro" que ha sabido mantenerse y reservar huevo a huevo sus apariciones en pantalla, incluso con los mismos personajes y actores que antaño. Todo un fenómeno. Y es por eso, que si esta nueva cuarta parte es igual o peor que las anteriores es seguro que seguirá recaudando igual o mejor que hace dos décadas. Porque Indiana Jones es uno de los personajes cinematográficos mejor construidos y más rentables de la historia del cine.

A pesar de que el inevitable tiempo vuela sobre las cabezas de Indiana Jones y de sus seguidores que han ido creciendo con el arqueólogo, sus creadores siguen siendo los mismos incluso con algunos años más. Spielberg y George Lucas han sabido darle a ésta, hasta el momento, última película del Dr. Jones cierta continuidad con las anteriores entregas. Ha sido rodada como las películas de antaño, con decorados reales y utilizando el inevitable ordenador sólo cuando era necesario en las increíbles escenas de acción con espectaculares paisajes. Lástima que al final se les haya ido la mano con eso de los efectos especiales y la ciencia ficción. Como se suele decir, "la cabra tira al monte", y Spielberg ha querido abusar de algunos de sus taquillazos y de su tendencia a lo sobrenatural para dar resolución a la aventura del Reino de la calavera de cristal. Quizá el único reproche de peso que se le pueda hacer a la película.

Como en las entregas anteriores se mezcla con acierto la aventura, el humor, el amor y la tensión sexual entre los protagonistas. Una ecuación de éxito en la que no pueden faltar las habituales trampas, animales peligrosos como serpientes, escorpiones y hormigas asesinas, cataratas y arenas movedizas. Todo aderezado con intrépidas peleas de vehículos en marcha en plena selva. Una mezcla explosiva que hará a más de uno recordar viejos tiempos, sobre todo aquellos en los que las películas no pasaban de las dos horas de metraje. Gracias Spielberg, por esa consideración y pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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