Autor crítica:
ÍÑIGO DOMÍNGUEZ
Infiltrados arrasará porque encantará a los fans de Scorsese, que gozaban con las tres horas de Casino, y también a todos los demás, que aquella vez se aburrieron con tanto monólogo. Ahora tenemos un Scorsese distinto e incluso, si se puede decir así, clásico. Distinto porque es una de gángsters vista desde ángulos que nunca había tocado, y clásico porque jamás ha estado tan cerca de una trama de género y de un relato cortado con los patrones del thriller de libro. Como la intriga manda, Scorsese se vuelve especialmente sintético y diligente. No se entretiene en recrear atmósferas y abundan los diálogos perfectos. Apenas tiene esos subrayados de estilo tan suyos -aunque no faltan los Rolling Stones-, pero toda la película es un despliegue de clase rodado sin un solo desfallecimiento. En fin, que es una película soberbia.
Scorsese tiene dos tipos de filmes: las de italianos y las otras. En el fondo, como buen inmigrante y enfermo crónico, siempre hablan de un hombre solo que debe adaptarse y forjar su identidad en un entorno ajeno y difícil. Es el hilo evidente de los filmes italianos pero también de los demás, desde Taxi Driver a La última tentación de Cristo o hasta el documental de Bob Dylan. En cuanto a los títulos italianos, léase de mafia, son en el fondo la misma película: Toro Salvaje es el molde de Casino, como esta calcaba a Uno de los nuestros. Sin embargo, con Casino Scorsese sintió que ya lo había dicho todo. Como él mismo reconoció, poco más podía añadir después de enterrar vivos a Joe Pesci y su hermano. Así que se dedicó a otras cosas, pero no podía dejar las películas de gangsters. Como no sabía por dónde tirar, se remontó al pasado: Gangs of New York. Luego volvió a distraerse, pero ha vuelto a tener una bendita recaída. ¿Hacia dónde ir esta vez? Pues al único lugar que en realidad le faltaba: el presente. Y por eso Infiltrados es distinto. Son gángsters de hoy, con móviles. Al no ser una mirada al pasado tampoco hay un tono nostálgico, ni tiene el encanto de la reconstrucción de una época.
Es fría y despiadada, en un Boston lluvioso. Encima son irlandeses, no italianos. Esta vez no salen platos de albóndigas. Todas las caras, salvo Di Caprio, son nuevas en su cine. Jack Nicholson está inmenso. No hay que describir un mundo que conocemos de memoria ni hacer la crónica de una decadencia, que ya sabemos que se produjo hace tiempo. Estamos metidos en ella. No hay buenos ni malos. Por primera vez Scorsese se pone también en el otro lado, el de la ley, pero es un espejo del otro. Es un juego de todos contra todos. Y ya no se salva nadie. Infiltrados muestra a un Scorsese distinto, clásico y también muy pesimista.
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