Autor crítica:
JOSÉ MANUEL CUÉLLAR
Vaya por delante un matiz: la película parte de una falsa premisa: es imposible, pero imposible del todo punto, que la regordeta de Winslet (pobrecita, es mentira, ya no está tan redondita) le levante nada a Jennifer Connelly y, mucho menos, el marido. Pero imposible de todo punto. Ahí no hay color ni discusión. Una vez dicho esto, diremos más: es una buena película. No hay cosa que guste más a los europeos que el hecho de que los norteamericanos buceen en sus entrañas y arranquen los malos bichos que tienen en ellas, en este caso, uno de los mayores males que les acosan: la hipocresía de la familia bien avenida, con sus componentes pintando las mejillas regordetas de coloretes y haciendo que se escandalizan con cualquier batallita del tres al cuarto cuando, en realidad, en el armario de su casa tienen escondidos arsenales de inmoralidad y desvergüenza. Bien es cierto que no es exclusiva de ellos, pero sí que son los reyes de esa podrida selva.
Pues de eso va "Juegos secretos", del deseo mordido y acosado por la moralidad creciente, casi malsana, y rozando los límites fascistoides en una mezcla de historias que se entremezclan con cierto aire a "Crash", pero en círculos más reducidos. La historia, que es un tanto banal, adquiere límites altísimos en la historia del proxeneta, merced fundamentalmente al prodigioso trabajo de Jackie Earle Haley, que aspira al Oscar como actor secundario y lo hace con muchas posibilidades en la piel de ese hombre acosado por el mundo, por sus deseos insanos, por la vecindad que busca su linchamiento y por una madre dominante que le lleva al borde de la tragedia. Y en medio de todo, ese fuego de pasiones amenazando la estabilidad de la familia americana, siempre tan pulcra, siempre tan limpia, siempre tan llena de aburrimiento enfermizo por dentro, de envidia y de frustraciones ocultas.
En suma, un trabajo que enmascara en una simple historia de adulterio la feroz crítica a una manera de vida, a una forma de sociedad en la que el ciudadano libre de pensamiento es aún mirado como el lobo feroz o la bruja a la que hay que quemar viva sin miramientos en pos de la falsa serenidad actual. En realidad los lobos con piel de lobos son ellos...
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