Autor crítica:
BORJA CRESPO
Competir con Harry Potter en la cartelera navideña es complicado. El público infantil es muy apetecibe por estas fechas y la Disney, impulsora de Las crónicas de Narnia, lo sabe. Para enganchar a los más pequeños y contentar a sus padres, que les acompañan para sujetar las palomitas, nada mejor que explotar la fórmula mágica de la fantasía y la aventura con niños. Se abre así una nueva franquicia, basada en las novelas de C. S. Lewis (1898-1963), que junta sin rubor al pequeño mago de las gafas y la cicatriz absurda en la frente con la rica imaginería y las espectaculares batallas de El señor de los anillos. 180 millones de dólares han sido necesarios para convertir esta epopeya en una película de entretenimiento con 1.700 efectos visuales.
Aires de La bruja novata pueden sentirse en Las crónicas de Narnia, donde la cama voladora que transportaba a los pequeños a un mundo de ensoñación ha sido sustituida por un armario que invita a traspasar los límites de la realidad. La historia comienza en Londres en 1940. Para protegerles de los bombardeos nazis, los cuatro hermanos Pevensie se trasladan a la mansión del profesor Kirke (Jim Broadbent), en plena campiña inglesa.
Jugando al escondite, la pequeña Lucy descubre en el ropero la entrada a Narnia, una tierra poblada por seres maravillosos que vive condenada a un invierno sin fín por la perversa Bruja Blanca (Tilda Swinton).
Andrew Adamson, director de las dos partes de Shrek, ha puesto la carne en el asador para conseguir que Las crónicas de Narnia: el león, la bruja y el armario suponga el comienzo de una nueva saga que pretende superar en horas de metraje a la Tierra Media de Peter Jackson. Si la cinta funciona en taquilla -se estrena a la vez en todo el mundo- están previstos seis largometrajes más que irán aumentando en espectacularidad. 800 trabajadores han participado en la elaboración de esta propuesta protagonizada por seres mágicos que se sitúan sin sonrojo en la onda Tolkien.
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