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Autor crítica: FEDERICO MARÍN BELLÓN

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De intelecto modesto, Homer no descuida, sin embargo, ni uno de los grandes temas que han preocupado a poetas y filósofos desde el principio de los tiempos: el amor ("El matrimonio es como un ataúd y cada hijo un clavo más"), la muerte ("¿Todavía estás triste por la muerte de Krusty? No es nada malo, tú mismo puedes aparecer muerto mañana"), Dios ("mi personaje de ficción favorito")? Tal es su sabiduría que resume la clave del éxito en tres simples frases: "Yo no he sido", "¡Qué buena idea, jefe!" y "Estaba así cuando llegué".

Su relación con la religión es elocuente. Cuando sorprende a Bart robando, lo reprende indignado: "¿Cómo pudiste? ¿No has aprendido nada del tipo que nos echa sermones en la iglesia, el capitán... nosecuántos? Vivimos en una sociedad de leyes. ¿Por qué crees que te llevé a ver ?Loca academia de policía?? ¿Por diversión?".

No hay duda de que se preocupa por la pérdida de espiritualidad: "Quizá hemos olvidado el verdadero sentido de la Navidad, el nacimiento de Santa Claus". Su inteligencia, no crean, le alcanza para dudar: "¿Y si hemos elegido la religión equivocada? ¡Sólo estaríamos enfadando a Dios más y más cada semana!". Al menos, está seguro de la existencia del alma, que "inventaron para asustar niños, como el coco o Michael Jackson", y es capaz de elaborar plegarias básicas: "Ya sabes que no soy aficionado a rezar, pero si estás ahí arriba, ¡sálvame Superman!". Más sólida es su fe en los alienígenas, quizás porque los ha visto: "Por favor, ¡no me comáis! Tengo mujer e hijos ¡Comeos a ellos!". Otras mil frases prueban su cobardía: "¿Recuerdas lo que te dije de huir de los problemas?, pues vámonos", que entronca con esta otra: "Os habéis esforzado y ¿para qué? Para nada. Moraleja: No os esforcéis más".

Lo más meritorio de Homer es haber llegado a las más altas cimas de la nada con su pobre bagaje intelectual. Como él mismo dice, "en la vida hay tres tipos de personas: los que saben contar y los que no". Ni siquiera está seguro de la prole que comparte con la pobre Marge: "¿Cuántos hijos tenemos? No hay tiempo para contar. Lo pondré a ojo: ¡nueve!". Menos mal que, en cuestiones de lenguaje, tiene las ideas más claras: "Las cosas divertidas nunca acaban en ?arium. Acaban en ?aberna, ?olera o ?erveza". Pero su ignorancia abarca todos los campos del saber: "Érase una vez, en un país imaginario llamado Francia...", "He viajado a la época en la que en la Tierra había dinosaurios y no sólo en los zoos" y "¡Por Dios! ¡Un doble igual a mí!" son algunos ejemplos.

Por fortuna, Bart, Lisa y Maggie han salido más espabilados, quizá porque "ahora, con internet, los hijos se te educan solos". De hecho, no es partidario del sistema educativo convencional: "¿Cómo va a hacer la educación sentirnos mejor? Cada vez que aprendo algo nuevo empuja a lo que ya había aprendido. Marge, recuerda cuando hice aquel curso de probador de vinos, que se me olvidó cómo conducir?".
"Cerebro, tú no me gustas"

Homer es más partidario del lessez faire: "A Maggie la soltaremos en el jardín y que la naturaleza siga su curso", con un mínimo de intervención humana: "Dibujaré conejitos en los enchufes para que Maggie no se acerque a ellos". "Pero si no le dan miedo los conejos", replica Marge. "Le darán" es su clarividente respuesta. Lo que no se puede negar es que Homer conoce sus limitaciones. "Cerebro, tú no me gustas y sé que no te gusto, pero si me sacas de ésta luego te seguiré matando con cerveza". He ahí otra de sus grandes pasiones, el alcohol, "la causa y la solución de todos nuestros problemas". Pocos, en definitiva, tienen un ideario tan profundo. "Las respuestas a los problemas de la vida no están en el fondo de una botella... están en la tele", asegura nuestro gurú amarillo. Ahora, también en el cine.

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