Autor crítica:
Raúl Martínez
Creo que más o menos todos estaremos de acuerdo en que las películas que triunfan hoy en día son las de terror, los dramas que nos emocionan y las películas violentas. Si eso es así, no hay duda de que un filme que lograra reunir los tres ingredientes estaría destinado a reventar las taquillas. Y sin embargo muy poca gente irá a ver 'Nosotros alimentamos el mundo'.
El documental del austriaco Erwin Wagenhofer causa terror, porque da miedo ver el proceso de producción del pollo desde que nace inducido por una incubadora hasta que llega a nuestra mesa, y preguntarse si nosotros no somos un poco como esos animales hacinados en cajas y soltados en granjas que prácticamente no llegar a ver la luz del día en toda su vida. Es decir, que vemos lo que nos dejan ver. Después de ver todo lo que nos muestra la película sobre los profundamente injustos e insolidarios procesos de fabricación de alimentos, da miedo ver al presidente de Nestlé diciendo que el nuestro es un mundo maravilloso, que nunca habíamos estado mejor. Y desde luego da miedo salir de la sala de cine y enfrentarnos a nosotros mismos sabiendo que estamos contribuyendo a ese sistema.
Es una imagen tremendamente violenta la de los ojos de los peces reventados por el peso de otros peces que se acumulan encima suyo en las redes de los barcos industriales. Es también una clarificadora metáfora de nuestra mirada indiferente ante la injusticia de nuestro sistema de vida. Tras toda la violencia que vemos a diario en la televisión y en el cine nuestros ojos han estallado; no importa ya cuán terrible sea lo que ocurre: nuestra mirada ya no es sensible a esa violencia. Nuestros ojos se han roto.
Y no hace falta explicar el drama de las familias de Pernambuco obligadas a producir la soja que alimenta a los pollos que producimos y nos comemos en Europa; un producto que no les sirve para nada en cuanto que no pueden comerlo pero que tienen que trabajar según las leyes de los gobiernos. O el drama de que se produzcan suficientes alimentos para toda la humanidad pero que cada cinco segundos un niño muera de hambre.
No faltará desde luego quien al leer estas líneas piense en la palabra demagogia. De este modo podrá tranquilizar su conciencia o alimentar su hipocresía. Habrá también quien le reste méritos a esta película diciendo que lo que cuenta este documental ya lo hemos visto miles de veces en otros sitios, qué menuda novedad denunciar la opresión de los países ricos sobre los pobres. Son los peces a los que les han estallado los ojos, ya no creen en la fuerza de las imágenes que nos brinda Wagenhofer de manera magistral.
De lo que cada vez cabe menos duda es que la auténtica verdad del cine está en el documental. En los últimos años filmes como 'Murderball' (Henry Alex Rubin y Dana Adam Shapiro, 2005), 'Líbranos del mal' (Amy Berg, 2006) o las españolas 'Las alas de la vida' (Antoni P. Canet, 2006) y 'Escenario móvil' (Montxo Armendáriz, 2004) nos han enseñado más sobre el mundo y sobre nosotros mismos que la mayoría de las ficciones. Y no es casualidad que en los últimos años la ficción esté recurriendo a técnicas documentales para buscar la verdad de su discurso, como si admitiera su propio fracaso. O que los directores más alabados por la crítica actual (como el francés Laurent Cantet o el chino Jia Zhang Ke) mezclen documental y ficción en sus películas sin que el espectador sepa bien dónde empieza una y dónde acaba otra.
En definitiva, hay películas importantes, que pueden marcar la diferencia, que merecen la pena ser vistas aunque no estén protagonizadas por grandes estrellas de Hollywood. Ésta es una de ellas. Pasará sin pena ni gloria por la cartelera, no durará más de una o dos semanas en cartelera, será auténtico cine invisible, pero si quien la vea no siente alguna de las tres emociones con las que he empezado esta crítica, que le devuelvan la entrada.
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