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Oviedo Express

Autor crítica: E. RODRIGUEZ MARCHANTE

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No es fácil encontrar el lugar desde el que mejor se ve esta película de Gonzalo Suárez, un autor que se esfuerza, con éxito, en no confundirse con el paisaje. Suenan tantas notas a la vez que hay que tener un oído finísimo para desescombrar la melodía: teatro dentro de cine, drama dentro de comedia, surrealismo dentro de realismo, picardía dentro de la fábula moral, enredo de teatro clásico dentro de una puesta en escena postmoderna... Hasta Madame Bovary está escondida dentro de esta Regenta con ínfulas. No puede ser casual que Gonzalo Suárez busque la fantasía, el tono extremo de la farsa, para rodear una novela clave del naturalismo, como "La Regenta"... Ni ha de ser venial o banal que la protagonista se llame Emma, como la Bovary.

Pero, vayamos a lo práctico: del mismo modo que el guionista y director busca su historia entre los entresijos de otras (confiesa Suárez su mirada libre a un cuento de Stefan Zweig, "Angustia", incluido en "Los sueños olvidados", y son evidentes y buscados, los contactos con la obra de Clarín, cuya trama se engarza dentro y fuera del Teatro Campoamor), busca también desesperadamente un tono aglutinante que se diría ¿gracioso? Y un timbre, el que usan los personajes, o los actores que los calzan, descaradamente bufo: son cómicos, farándula que llega a la ciudad (Oviedo) y la sacan de sus goznes; pero también están en ese tono bufo los demás, el político, la suegra, la cronista de la villa. Sólo hay un personaje de otro colorido, con otros matices e inflexiones, que es "ella", interpretado por Bárbara Goenaga, y que está expuesto en un tono dramático y serio.

La conclusión es que de todo este conglomerado, y por más que lo busque su autor, no florece la gracia, el humor, sino que más bien los personajes, en su afán comitrágico, se revisten de algo cercano a lo patético: ni el gran Jorge Sanz, que sí tiene vis cómica, ni Aitana Sánchez-Gijón, Najwa Nimri, Alberto Jiménez o Maribel Verdú, que no la tienen, se encuentran cómodos en esos textos y contextos y en esos espacios intercostales de lo absurdo. Carmelo Gómez, en cambio, se crece en esta ambiguedad de su personaje.

Tras la conclusión: no sólo hay que ser muy serio para que funcione la comedia, también hay que ser algo gracioso.

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