Autor crítica:
OSKAR L. BELATEGUI
Los hermanos David y Tristán Ulloa encontraron en una novela del peruano Santiago Roncagliolo los personajes y la trama para hablar de la incomunicación. Pudor -editada en España por Alfaguara- transcurre en Lima, pero los directores han trasladado la acción a un Gijón gris y espectral. Los escenarios y la iluminación resultan tan fríos y mortecinos como el ánimo de la familia protagonista, desecha por los secretos, una atormentada sexualidad y la soledad. Sí. Igual que le ocurría al Travis Bickle de Taxi Driver, se puede estar todo el día rodeado de gente y sentirse solo.
Pudor toma su nombre de la doble acepción del diccionario: Honestidad, modestia, recato. Y también un significado en desuso: mal olor, hedor. Elvira Mínguez, un ama de casa hastiada que busca en el sexo furtivo consuelo a su desamparo, husmea en varias ocasiones en su comedor y pregunta: "¿No oléis? Apesta".
A su marido, Nancho Novo, le han diagnosticado un tumor en el cerebro. Seis meses de vida. Ni siquiera tiene el valor de contárselo a su mujer. La hija adolescente ha descubierto su cuerpo para sentir atracción por su mejor amiga. Al abuelo le ronda el Alzheimer. El niño pequeño ve fantasmas; exacto, como el de El sexto sentido. En casa de esta familia algo está corrompido, no es extraño que huela mal.
Una sinopsis terrible, casi tremendista, que en pantalla acogota al espectador. No hay ni un resquicio de humor, ni una concesión. Los Ulloa debutan valientes con un drama a contracorriente que escapa del costumbrismo y la denuncia social al uso en el cine español. El pudor se contagia a su mirada: no se remarcan con rotulador fluorescente los conflictos ni las moralejas.
Pudor es un filme triste pero contenido, algo así como la respuesta española a Happiness. Mira que es difícil contener a Nancho Novo, pero su composición de un hombre que mide su dolor en silencios es soberbia.
A veces, los directores tensan demasiado la cuerda, como en esas fugas fantásticas donde el niño ve los fantasmas de su abuela y un misterioso vecino. Elvira Mínguez masturbándose en el baño de un bar ejemplifica la desazón que provoca la ópera prima más áspera y meritoria en lo que va de 2007.
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