Autor crítica:
JAVIER CORTIJO
Qué diantres, por una vez en diez años, pongámonos los guantes hooligans y agarremos un taburete a pie de ring nostálgico haciendo oídos sordos a la orden de segundos fuera. Porque así, sin complejos y aspirando el linimento ochentero y videoclubero de los gimnasios sudorosos de Phila, del choque de puños con Apollo y de bigotes con Hogan, de la mirada del tigre enamorado de la luna, de Drago y su despiporrante máquina de matar... es la única forma de disfrutar de "Rocky Balboa".
Incluso visionarla sin que surjan los calambres de una historia con diálogos cual cartelones de cine mudo, de una premisa ridícula, de un romance tosco y de un final cantado y a los puntos. No, a veces, muy pocas, hay que quitarse la careta y el careto crítico y volverse un fan con todas las consecuencias: emocionarse al ver el estirón que han pegado las tortuguitas, dar una palmada en la espalda del viudo derrotado cuando visita la tumba de Adrian, sonreír estremecido al escuchar lo de "la bestia del sótano" y hasta aceptar que Jamaica podría entrar en la Unión Europea. Aunque, en realidad, no haría mucha falta, porque "Rocky VI" (lástima que Kaurismäki patentara el título) es más sencilla y "clásica" que simple, posee la mejor escena de combate de la saga (¡hasta tiene guiños a "Sin City"!) y demuestra, como dijo el crítico, que incluso los bobos tienen derecho a (re)enamorarse. Y los rockynómanos, a gozar de un inesperado y honesto canto del cisne gentileza de un tipo que logra que, como en los créditos finales, todos nos sintamos campeones a pie de la escalinata más legendaria desde Eisenstein. Balboa, amigo, gracias por volver aunque, eso sí, ni se te ocurra regresar.
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