Autor crítica:
E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
El cine no encontraba en Bergman por donde salirle. El cineasta sueco ha vivido los últimos veinte años ensimismado y pétreo como un "pensador", pero llegaron ecos o volutas de sus pensamientos trasvolados en guiones, escritos, montajes teatrales o producciones televisivas.
El estreno hoy de una nueva y última película de Ingmar Bergman debería de ser un acontecimiento cultural mayúsculo (Bergman es, pero, sobre todo, será, uno de los hitos del pensamiento del siglo XX), aunque, a falta de otras liras y laúdes, cantaremos sólo (¿sólo?) las excelencias de su sencilla, directa, pequeña, casi humilde definitiva película, "Saraband", muy lejos en monumentalidad y colosalismo de la que parecía postrera, "Fanny y Alexander".
Se trae treinta años después a los personajes y a los actores de "Secretos de un matrimonio": Marianne y Johan cargados con su propio paso del tiempo y con el de los actores que los encarnan, Liv Ullmann y Erland Josephson, que ejecutan una interpretación prodigiosa, rebosante de inteligencia y quietud, del drama en diez actos con el que Bergman acomete asuntos tan pegados al ser humano como su propia piel, y tan lejanos, profundos y diversos que van desde la mera soledad hasta la punta roma del incesto, desde el amor alicatado hasta el odio encrespado y antinatural por un hijo...
Una película de tal densidad interna, que sorprende su sencillez externa, su mero plano y contraplano, su inequívoca estancia en el espacio y el tiempo, sus contados personajes y sus incontables coyunturas y luxaciones.
Nada hay aquí de "Secretos de un matrimonio", salvo unos nombres y unos recuerdos que se evitan. Es otra película. Ésta es la obra de alguien que lo sabe todo, incluso los múltiples maquillajes de la vileza y de la crueldad, y que no siente la necesidad de ocultarlos... Depura aquel mensaje amargo y minicatastrófico -atornillado de cotidianidad- de la pareja de "Secretos de un matrimonio" hasta extremos inimaginables y lo convierte en el envés de una alfombra de unas cuantas vidas que voltea con violencia.
Además de los personajes de Marianne y Johan, están el del hijo de Johan, Henrik, y la hija de éste, Karin, ambos enamorados del chelo y del recuerdo de la esposa y madre muerta... Un cuarteto de cuerda para tocar esta zarabanda en la que el ruido se sobrepone a la música y la música al ruido.
Todas las escenas están entabladas en duetos, en diálogos de diferentes texturas entre dos personajes, con un ritmo creciente, con una lucidez progresiva, una desesperanza paulatina... El viejo egoísta, terrible, sagaz y acorralado en el rincón de su existencia y en la banqueta de su soledad (tan Bergman como el mismo Bergman) que interpreta con parkinson propio Erland Josephson teje las hilachas de las vidas que le rodean, mientras que ella, Marianne, una dulcísima Liv Ullmann, asiste impávida al concierto entre padre, hijo y nieta, y el recipiente de rencor y pasión que llenan...
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