Autor crítica:
Amanda Samper
Basada en la novela de Alessandro Baricco, Seda es un melodrama de época cuyos protagonistas Keira Knightley y Michael Pitt viven una dificil historia de amor exótica donde los viajes y los distintos paisajes que podemos ver en la película se convierten en un personaje más.
Dirigida por Fraçois Girard, este director se aleja de la estela que siguió tras su película El violín rojo en 1997 que tan buen sabor de boca dejó y vuelve con esta película ambientada entre París y Japón con aires románticos.
En esta ocasión Michael Pitt, al que pudimos ver interpretando al malogrado líder de Nirvana, Kurt Cobain en Lasts Days del director Gus Van Sant vuelve a la gran pantalla para encarnar a un joven soldado que queda prendado de una joven dama (Keira Knightley) de nombre Helène. Tras celebrar su matrimonio, al joven Hervé se le ofrece la oportunidad de crear una importante fortuna dentro del negocio de la seda, que en la década de los 50 del siglo XIX hacía furor en toda Europa. Una extraña enfermedad llamada Pébrine ataca a los gusanos de seda e hice imprescindible ir en busca de nuevos huevos para poder seguir con el negocio de lujo textil en París. He aquí el cometido del joven Hervè: viajar a tierras lejanas a las que la enfermedad de la seda no ha llegado aún y comprar nuevos huevos que salven la producción.
Así es como comienza esta historia que a medida que se desarrolla se vuelve de color de rosa más intenso, dejando a un lado el problema de la seda y la situación económica de las ciudades que viven de este negocio y centrándose en el amor con tonos pasteles.
Por su parte, Keira Knightley interpreta a la esposa sufridora que espera pacientemente a su marido que parte en busca del ansiado remedio para su fortuna. Lo que ninguno de los dos sabe es que en uno de esos viajes, el joven esposo conocerá a una bella y joven concubina del jefe de un pueblo japonés cuyo atractivo le sometería a sufrir el dolor de un amor imposible.
A pesar de que las interpretaciones de los dos protagonistas no son en ningún aspecto destacables, cabe señalar la de Alfred Molina, un actor aventajado en esto de la interpretación y que lleva el peso de muchas escenas en la película con el protagonista. Junto a él destaca el trabajo de Koji Yakusho, al que pudimos ver en Babel como padre de la adolescente japonesa sordomuda. Su interpretación de guerrero japonés que defiende a su bella joven y a su pueblo es más que aceptable. El problema viene cuando los protagonistas no soportan el peso de la interpretación en un filme, entonces es que algo falla.
Supliendo las deficiencias del guión se puede destacar la belleza de las imágenes de los viajes que realiza Michael Pitt. Al menos para eso sirve el que realice tres o cuatro veces el mismo trayecto a lo largo de los 100 minutos de metraje, siempre mostrando las mismas imágenes con escuetas variantes. Algo repetitivo, para mostrarnos a un Pitt de vuelta en en casa tres o cuatro ocasiones pero con mucha más barba y alguna que otra greña despeinada. Destacables el vestuario y la fotografía de la película que nos muestran lugares maravillosos tanto de París como de Japón.
La recreación en los paisajes bucólicos y naturales, los continuos "te quiero", "sin ti muero" y sensiblerías varias y la lentitud en las escenas más románticas donde los gestos y las miradas cobran vida, hacen de ésta una película apta sólo para aquellos que vivan la vida en rosa y que sean de lágrima fácil. A estos, seguro que no les defrauda.
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