Autor crítica:
JAVIER CORTIJO
Son tan evidentes las similitudes entre cocina y enamoramiento que no es de extrañar que en innumerables comedias románticas haya perolas y fogones de por medio. Scott Hicks, un ugandés (de nacimiento) blanquísimo, también lo sabe, aunque para no pillarse los dedos opta por recalentar un remake de "Deliciosa Martha", una de las primeras muestras del "renacimiento" del cine alemán en este siglo. Pero nada de ponerse exquisito ni nosferatuniano en plan Anton Ego, ya que "Sin reservas" es sencilla pitanza sabrosona para paladares a los que no les interesen las deconstrucciones ni hidrogenizaciones culinarias a la hora de matar el gusanillo del sábado en una sala de cine. Fast food medianamente nutritivo, en fin, guisado en torno a la relación entre una estirada chef, a la que le cae del guindo de la vida una sobrinita, y un cocinero rockero, aunque le mole Puccini. No falta ni un ingrediente básico en la sartenada: lenta cocción sentimental favorecida por lo encantador y moderadamente rebelde del mozo, punta de tocino dramático aliñada con un score al coñac de Philip Glass, profiteroles de pasión controlada, chocolateada y apta para todos los públicos... Y si el melón hace migas con el jamón, ¿por qué la british azabachada Zeta-Jones no iba a lograr química con calzador con el vaquero espumoso Aaron Eckhart? En el amor y en la cocina de mercado todo es posible. Lo mejor, esas pinceladas musicales de Paolo Conte que recuerdan las de Louis Prima en "Big Night", quizá la mejor película gastronómica en años. Pero eso fueron dos estrellas Michelín. Esto, un restaurante coqueto con mantel a cuadros.
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