Autor crítica:
E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
Lo primero que se aprecia y sorprende en esta película es su luz, el clima que consigue la fotografía cálida de Alcaine, alejada de lo que parecía más natural, la sobriedad castellana y el frío de la época. Y enseguida ya, se aprecia la voluntad del guionista y director, Ray Loriga, de encontrar en la carne de Santa Teresa de Jesús el trampolín para llegar hasta la complejidad de su espíritu. Y para lograr su retrato ha tenido que prestarse a dos grandes renuncias: la primera, a tratar lo esencial de la vida de Santa Teresa (la película termina cuando empieza su labor fundacional); y la segunda, a su conexión con la biografía real, pues, por ejemplo, el primero de los conventos que erigió, el de San José, lo hizo con 47 años. La actriz elegida para encarnar, y nunca mejor dicho, al personaje es Paz Vega, y consigue transmitir la pasión, la fuerza y la tozudez de la mujer que lucha contra la "política" de su tiempo y contra sus propias limitaciones.
No hay en ella, en su interpretación, ni en la intención del director, nada que resulte realmente ofensivo o chocante para aquellos que quieran tentarse la ropa; acaso sí podría haber algún detalle puerilmente provocador, más ingenuo que eficaz, en los modos de tratar los perfiles espirituales de Santa Teresa (quien, por cierto, no dio cuenta de sus momentos de ascesis y éxtasis hasta casi los cincuenta años, aunque en la película se muestren como algo carnalmente "pazvegiano"). Están escrupulosamente cuidados los diálogos, y el aderezo textual de la propia escritura de Teresa de Ávila ennoblece el fondo de la película en muchos momentos. Tienen especial fortaleza y fortuna las escenas de ella con Fray Pedro de Alcántara (José Luis Gómez), muy etérea y elocuente, y sobre todo la que mantiene ya al final con la priora del Convento, personaje que interpreta Geraldine Chaplin, cuando le confiesa que quisiera ser como ella: "No, en realidad no quisiera ser como tú; quisiera ser tú".
Total, que "Teresa. El Cuerpo de Cristo" ofrece otra mirada al impulso arrebatador de aquella mujer, y con eso habremos de quedarnos y no con algún insignificante guiño facilón, algún entuerto visual (ciertos ensueños del personaje rozan lo naïf) o con esa estructura en viñetas que le da un aire entrecortado a la narración.
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