Autor crítica:
RICARDO ALDARONDO
Algún teórico relacionado con la Iglesia ha mostrado un tímido disgusto, pero la cosa no ha ido a más. Porque la Teresa (así, sin más) de Ray Loriga no tiene como objetivo la provocación ni la irreverencia. El escritor y guionista y director de cine se revela tras la cámara como ferviente admirador de los textos de Santa Teresa, de su coraje e individualidad, y sobre todo de la pasión amorosa vertida en ellos. Un amor a Cristo que Loriga presenta casi equiparada al de una pareja convencional, aunque siempre con el objeto de deseo como algo inalcanzable, una imagen irreal y mítica, más que carnal, aunque algunas poses ocasionales puedan aludir a un cierto erotismo gráfico, sin más.
La primera parte de la película se vuelca en ese deseo obsesivo, creciente, desmedido, casi enloquecido, en la entrega de una mujer procedente de una familia adinerada y en principio destinada a un matrimonio de altura, que se convierte en devoción pasional por la fe y el sacrificio que descubre en el interior del convento. En la segunda parte, ese furor parece aplacado, o volcado en construir su propio convento, con el mismo tesón. O con la misma voluntad algo enloquecida.
Como Loriga ama los textos de Santa Teresa, a veces demuestra su admiración, y cierta vocación didáctica, colocándolos como voz en off a lo largo de la película. Es algo efectivo en el intento de ser respetuoso con el personaje y su obra, pero aumenta la sensación que flota sobre toda la película: más que un relato fluido Teresa, el cuerpo de Cristo es una suma de estampas, distintas a las vidas de santos de antaño, pero estampas al fin y al cabo. A la película le falta ritmo narrativo, es absolutamente líneal en el tono, parece que los personajes que rodean a la protagonista (una Paz Vega que resuelve bien lo que en principio podría parecer chocante) van saliendo por turnos establecidos, sobre todo los masculinos. Esas estampas están primorosamente compuestas, hay un gran trabajo del director de fotografía José Luis Alcaine y unas referencias pictóricas bien meditadas y recreadas por parte del director, con el atractivo adicional del vestuario de Eiko Ishioka. Hay que destacar también el trabajo del músico Ángel Illarramendi, que logra dar un ambiente muy especial a ciertos momentos de un lirismo inquietante. Pero a Teresa, el cuerpo de Cristo le falta vida cinematográfica, una pasión que traspase del argumento a la pantalla, y logre conectar al personaje histórico con nuestro tiempo.
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