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Autor crítica: ANTONIO WEINRICHTER

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Clive Owen, que sigue pareciéndome el mejor candidato a James Bond actual, si es que a alguien -incluido él mismo- le importa esta opinión, hace aquí... de agente de la Interpol metido hasta las cachas en una conspiración internacional. Nada nuevo en todo esto, aparte de confirmar la idea de que a Owen se le dan bien este tipo de papeles de espías surgidos del frío, más que de superagentes numerados. El gustoso género de espionaje goza de buena salud pese al final de la guerra fría; en lo único que ha evolucionado es en su tendencia a lo elíptico, es decir, a que los agentes hablen como hablarían dos colegas, casi sin acabar las frases, y no para espectadores que quieren saber en todo momento quién es el malo. Lo que es inédito en "The International", lo que la convierte en noticia dentro del género, es precisamente el villano de la pieza: ningún miembro del eje del mal, como se gustaba decir en la era pre-Obama, y tampoco ningún genio malévolo con bases secretas en sitios que propician un tour del National Geographic. Es decir, nadie que quiera dominar el mundo sino la Banca, que al parecer ya lo hace. La premisa resulta tanto más inquietante por lo realista que nos parece, a día de hoy: cuando empezó el rodaje en verano de 2007 debía ser, sin duda, una hipótesis más salvaje, más "de película". Esto es lo que se llama premonición: el guionista Eric Warren Singer y el director Tom Tykwer han corrido más que Franka Potente en la opera prima de éste ("Corre, Lola, corre").

Lo que descubre Owen, que tiene aquí el literario nombre de Salinger, con ayuda de la esforzada fiscala que encarna Naomi Watts, lo que les hace ponerse a correr detrás y, enseguida, delante de los ubicuos malos es esto: hay un banco internacional con sede en un "discreto" país-paraíso (fiscal) europeo que ha descubierto que para controlar el mundo mundial no hay más que convertirse convenientemente en acreedor de gobiernos exóticos, cuanto más volátiles e inestables mejor. La escena en la que se nos da esta explicación, sin disparar un solo tiro (viene enseguida, de todos modos), es de lejos lo más excitante de la función y basta para salvar, de sobras, el expediente de originalidad del film. Veamos ahora los ingredientes genéricos: más palabrería que acción, como diría nuestro crítico de autocine favorito (me refiero a Joe Bob Briggs, que nadie se dé por aludido). Cierto: hay una escueta secuencia inicial que marca el tono conspirativo con admirable economía y, en el extremo opuesto, hay un literalmente explosivo tour de force en un famoso museo neoyorquino que resulta comparable a los que suele orquestar el gran Brian de Palma. Pero cuando llega a la más bien anticlimática (aunque aún guarda una sorpresa o dos) secuencia final, Tykwer ha dilapidado un poco el capital de excitación original: le falta humor y quizá un poco de descaro para redondear la parte espectacular de lo que se supone que es un thriller internacional.

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