Autor crítica:
BEGOÑA DEL TESO
Hubo una película de John Woo titulada Face/Off, traducida aquí por Cara a Cara. Contaba con gran intensidad la historia de dos tipos peligrosos cuyos rostros son intercambiados en un prodigioso acto de cirugía, guión y filmación cinematográfica. Ha habido mil películas que hablan de la importancia atroz de reconocerse a sí mismo y reconocer al otro en sus ojos, en su propio rostro. ¿Un título, siquiera? Les yeux sans visage, de Franju. Conocemos cien películas que nos hablan de los abismos de la pasión. Un ejemplo reciente: In the Mood for Love, de Wong Kar-wai. Tenemos también poderosa noticia de unas cuantas imágenes turbulentas del director de Time: El arco, La isla, Hierro 3, Samaritan Girl, Primavera, verano, otoño, invierno...
Todas esas memorias se cruzan en nuestras terminaciones nerviosas a lo largo de los 96 minutos que dura el filme acurrucado en la sala 2 del Trueba durante estas fiestas. Es la historia de un amor como no ha habido otros cien iguales. Un amor extraño, potente, turbio, turbante y maltratado. Dos seres obsesionados, poseidos hasta las entrañas, por la pasión, los celos, la sensualidad, llegarán incluso a alterar su rostro en una mesa de operaciones para buscar, atraer, rechazar, perder, encontrar, porfiar, por el objeto de ese su delirio tan hermoso como cruel. Todo filmado en paisajes cuya belleza mortal, mortífera, sensorial y abracadante congelan el tuétano mismo de nuestros huesos.
Parques cubiertos de cenizas blancas, esculturas de manos humanas entrelazadas que la marea cubrirá cuando suba, multitudes andando por la gran urbe donde los quirófanos están a pie de calle... Hay en Time un puñado de imágenes, de diálogos, de movimientos, de miradas tan tremendamente perturbadoras que hacen de ella una prueba de fuego para el espectador más audaz.
La decimotercera película de Kim-Ki duk zarandea desde la belleza, la extrañeza y el espanto todos y cada uno de nuestros sentidos amén del sistema nervioso y del linfático. Se proyectó en el Sitges fantástico. Lógico pues bordea los límites de esa zona crepuscular habitada por nuestras pulsiones sentimentales y cinematográficas.
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