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Una casa en el fin del mundo

Autor crítica: BORJA CRESPO

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Al margen de sus virtudes cinematográficas, Una casa en el fin del mundo ha sido noticia debido a la censura de planos en los que su protagonista, el exhibicionista Colin Farrell, lucía la entrepierna como Dios le trajo al mundo. Los productores eliminaron los fotogramas más subidos de tono porque, al parecer, despistaban a la platea. Los fans de Farrell quizás se sientan defraudados, pero no hay que restar méritos a esta cinta basada en la novela homónima de Michael Cunningham, el autor de Las horas, llevada a la gran pantalla con cierta fortuna.

Un niño observa los años 60. Su mensaje de amor y libertad parece embargarle por completo. A principios de los 70, una súbita tragedia le deja sin familia y se ve obligado a buscar un hogar. Establece una relación especial con un amigo y la madre de éste, quienes le ofrecen refugio. La amistad entre ambos se extiende a lo largo de los años, hasta la década de los 80, cuando el protagonista conoce en Nueva York a una mujer que alterará para siempre su destino.

Una casa en el fin del mundo revisa la idea de familia y cómo ésta puede redefinirse. "Me identifiqué plenamente con la noción de que nacer en el seno de determinada familia no significa necesariamente que sea la familia con la que vivirás el resto de tu existencia", afirma el director Michael Mayer, que debuta en el cine tras una amplia experiencia teatral.

Por su parte, el indómito Colin Farrell se leyó el libreto en su casa de Dublín a las cinco de la madrugada, según él mismo cuenta: "Después leí la novela de Michael. Su estilo es sencillamente prodigioso, en sus palabras hay mucho corazón y espíritu". Para la actriz Robin Wright Penn, "todos nacemos con esa necesidad de tener una familia y un hogar. Pero a veces no se puede hallar todo en una única persona".

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