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X-Men: la decisión final

Autor crítica: BEGOÑA DEL TESO

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Quienes adoran la saga de los mutantes como seres puros y primígenos del cómic se rebelan contra la tercera parte de la trilogía porque, entre otras cosas, no la dirige Bryan Singer, el autor de Sospechosos habituales que ha abandonado a Cíclope, Lobezno, Tormenta, Ángel, Bestia y compañía para dirigir el nuevo regreso del hombre del calzón rojo y la malla azul, Superman. Al nuevo realizador no le reconocen ni el chiquito honor de haber rodado Red Dragon o los comienzos de Hannibal Lecter antes de convertirse en el exquisito gourmet de hígado humano que realmente es.

Quienes abominan de las viñetas, los tebeos, los mangas, los mutantes y el cine sin supuesta profundidad, aborrecen X-Men 3 porque hay quien porfía que en ella coexisten mensajes oscuros sobre problemas tan tremendos como el racismo, la segregación, el multiculturalismo, la integración y otras realidades como puños. Abominan de la obrita de Ratner, presentada tan ricamente en Cannes 2006, acusándola de no ser más que un panfletillo tontín y negándole sal, especias, espectacularidad y cacumen.

Los demás, en medio, lugar bien incómodo. Nos gusta X-Men 3 porque, de pronto y sin saber por qué, el personaje de Angel nos recuerda en un instante fugaz al replicante albino de Blade Runner (perdón por la osadía). Porque veneramos a McKellen y Stewart, genios impasibles del Bien y del Mal. Porque el muchacho que muta su rostro en acerico de espinas nos hace pensar en Hellraiser. Porque nos gustan las damas que agitan tempestades y acuchillan las aguas. Porque el personaje de Jane Grey nos mueve a recordar, para siempre y por siempre a Carrie. Porque sí, nos caen bien esos mutantes que no desean tomar el antídoto que los vuelva normales. ¿Qué tristura, a cambio de la falsa paz de ser humano perder la furia y el sonido, la pasión y el espanto, de saber que tu mente mueve las montañas y tus manos hielan el fuego! Por eso estamos en el medio. Nos gustan los X-Men. Su sentido de la acción. Sus trajes de cuero. Sus cuerpos transformados. Se bastan por sí solos para hacer cine del que se mueve. No necesitan ni a Singer ni a Ratner.

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