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Te despiertas aturdido, entre temblores. No recuerdas bien qué ha ocurrido. No sabes dónde estás. Descubres, atónito, que alguien, no sabes quién ni por qué, te ha encerrado en un habitáculo minúsculo donde apenas hay ventilación y no entra luz alguna. Has sido secuestrado. Bienvenido al infierno. Esta es la dura premisa de partida de Zulo, ópera prima de Carlos Martín Ferrera que se presenta con el mejor cartel del cine español en tiempo, comentario extensible a la cinematografía mundial, donde proliferan los pósters anodinos con el careto de algún actor conocido.
No es el caso de esta valiente propuesta, cuyo peso recae sobre las espaldas de un solo rostro poco aireado, Jaume García Arija, de amplia trayectoria teatral, que aguanta el tipo durante ochenta minutos en un relato visceral que transcurre en un único espacio muy limitado, un pozo real, de 2,80 metros de diámetro por 6 metros de altura, donde se rodó la película a lo largo de un año para que la progresiva desesperación del protagonista hiciese mella en su propia carne.
Martín Ferrera describe la degradación física y mental de un hombre encerrado por unos criminales que se ocultan tras sendos pasamontañas. Sumergir al espectador en el progresivo abatimiento del personaje principal, transmitir su sensación de claustrofobia, es el objetivo básico de una película reivindicable por sencilla y modesta, que funciona por obvia, aunque no llega a sorprender.
En Zulo no ocurre nada que no nos imaginemos previamente, quizás el mayor lastre de un cine sincero, que sale de las tripas, un relato opresivo de la lucha por la supervivencia de un ser humano que, a pesar de quedarse a medio gas, vislumbra cierto interés en la experimentación con el lenguaje cinematográfico, un riesgo que pocos cineasta asumen, y menos un debutante, en los tiempos que corren.
Nunca llegamos a saber por qué han encerrado al protagonista, aunque se intuye. De esta manera, el director abre una escalofriante posibilidad: cualquiera puede acabar en una situación similar, angustiosa y demencial, sin sentido alguno. Un drama humano, a las puertas del thriller, que planta frente a nuestras retinas el horror del tormento psicológico. Interesante.
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