Autor crítica:
E. RODRIGUEZ MARCHANTE
La joven directora japonesa Naomi Kawase, hasta ahora inexplorada por la cartelera española (a pesar de que alguna película suya, como "Shara", produjo gran impacto allá donde se vio), llega por fin con esta película, "El bosque de luto", que ganó el gran premio del jurado en el último Cannes.
"El bosque de luto" es una película muy severa con su espectador: de una lentitud minuciosa, de una belleza extraordinaria y contemplativa, de una estructura rigurosísima, de una tristeza abrumadora, de una lucidez y trascendencia sorprendentes... Naomi Kawase la ha hecho como quien pinta un cuadro y no mira ni en una sola ocasión a aquellos que la observan por encima de su hombro: el público está ahí, pero le es ajeno (incluso inexistente) a la artista.
Se asiste a la representación del dolor, al desgarro de la pérdida y a la necesidad de purga y catarsis del sufrimiento. Cristaliza lenta y hermosamente la relación entre un anciano cuya mujer ha muerto hace treinta años y la cuidadora en el centro donde reside, quien también ha sufrido la terrible pérdida de un hijo. Kawase envuelve su cuento en una delicada metáfora cuando ambos se pierden por el bosque y se adentran en ese mundo frío, desolado, repetitivo y desesperanzado que reproduce su propio paisaje interior.
"El bosque de luto" necesita de la paciencia, de la entrega y de la emoción de un espectador que encima tiene la sensación de que sobra, como el que mira el cuadro tras el hombre del pintor; también algo perdido en ese bosque metafórico, encuentra el consuelo de unas imágenes portentosas, hipnóticas, y en la seguridad de que mira una obra pletórica de alma y cuerpo, que alude a niveles de sensibilidad muy intensos y profundos. Uno sabe que no existe antídoto contra el desconsuelo por una pérdida irreparable, pero esta película sugiere caminos que apaciguan esas dos fieras: la del dolor y la del aburrimiento. Vale la pena cambiar algo de tedio por luz.
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