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Un buen año

Autor crítica: FEDERICO MARÍN BELLÓN

Valoración del crítico:

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Un tiburón de las finanzas que se vanagloria de ganar a cualquier precio hereda un caserío en la Provenza (con viñedo incorporado, pista de tenis, piscina, inmejorable situación, mejor ver). Russell Crowe extrae un conejo de su agenda y viaja a Francia con la única idea de vender al alza su nueva propiedad, pero el recuerdo de su tío, unas faldas con sus correspondientes piernas, una prima aparecida por generación espontánea y la conciencia que todavía le queda lo transforman para siempre (o, al menos, hasta la siguiente película). De hecho, no se le puede negar el esfuerzo compartido con su amigo Ridley Scott, con quien no hace mucho todavía se veía disfrazado de gladiador.

Si no fuera porque la cinta parece la versión masculina de "Bajo el sol de la Toscana", incluso pasaría por original. Lo peor son los intentos de zambullirse en la comedia clásica y el "slapstick", que dicen pedantes y entendidos. La escena en la que Crowe cae a una piscina, con sus recaídas y su forma de rebozarse en excremento bovino, es más tosca que toscana. De ahí que esta comedia romántica, que deja pocas escapatorias a la risa, cojee de sus cuartos traseros. Sólo hay que ver lo que consigue Woody Allen al volante de un Smart en "Scoop" (incluso Audrey Tatou en "El Código da Vinci, marcha atrás, nada menos) y el poco partido que le saca el australiano de adopción.

Pese a todo, el protagonista resulta convincente mientras permanece de pie y lo acompañan dos actores espléndidos: el veterano Albert Finney y el precoz Freddie Highmore. Las chicas, tan sugerentes cómo fáciles de olvidar, son la australiana Abbie Cornish y la francesa Marion Cotillard. Habría bastado con que el mensaje, de los bonitos, fuera menos superficial. Al mismo tiempo, y aquí viene lo bueno, Scott aporta una ligereza difícil de conseguir. Se nota que en el rodaje hubo eso que llaman "buen rollo" -tanto, que se les olvidó completar la trama del vino, tan interesante- y su sencillez no deja de ser un elogio al lado del cine barroco, pretencioso y superfluo de tantos títulos. (En este punto es imposible no acordarse de "La Dalia negra", pero esa es otra historia).

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