Autor crítica:
O. L. BELATEGUI
La comedia siempre se les ha resistido a Russell Crowe y Ridley Scott. El director de Los impostores acostumbra a relajarse de sus épicas superproducciones junto a su mujer Giannina Faccio, ex de Julio Iglesias, en la mansión que posee en la Provenza desde hace quince años, donde también degusta el vino de sus propios viñedos junto a su vecino, el escritor Peter Mayle. Scott leyo un artículo sobre un vino de garaje que se cotizaba a 44.700 euros la botella. Y le preguntó a Mayle por qué no escribía una novela ambientada entre viñas para poder dormir durante el rodaje en su casa de Luberon.
Un buen año proporciona así al protagonista de Gladiator la oportunidad de humanizar su imagen ruda, en la piel de un broker londinense sin fines de semana que grita "¿buenos días, esclavos!" a sus empleados al llegar a la oficina. Al morir su tío, recibe en herencia una finca en la Provenza, donde transcurrió parte de su infancia. Nada más aterrizar descubre que no puede regresar a Londres al estar siendo investigado por una oscura transacción financiera.
El sol mediterráneo, los caldos galos y una atractiva lugareña lograrán que vaya rectificando en su idea inicial de vender las tierras y largarse. "Elige: el dinero o la vida", le espetan al protagonista en esta fábula nacida para ilustrar un debate sobre la conciliación entre familia y trabajo. "Mi personaje aprende que las cosas que le enseñaron de joven tienen un gran valor. Y que en algún momento del camino, por culpa de su ambición, ha perdido la noción de lo que es realmente importante y de lo importante que es la persona que se las enseñó", asegura Russell Crowe, que, según Scott, posee "una gran inocencia que mantiene fresca y libre".
Albert Finney, que ya recorría las carreteras de la Provenza junto a Audrey Hepburn en la inolvidable Dos en la carretera, se encarga de los momentos entrañables, aleccionando sobre la vida en flashbacks al futuro tiburón de la City. La cultura del vino, la idiosincrasia francesa, los tópicos sobre el americano de viaje por Europa y el placer de disfrutar de los pequeños lujos cotidianos centran los desvelos de Ridley Scott en una comedia romántica, jovial y luminosa, que fotografía los alrededores de Avignon con sensualidad y deleite.
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