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Un buen año

Autor crítica: RICARDO ALDARONDO

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De manera bastante forzada, un personaje de Un buen año comenta que el secreto de una comedia está en el ritmo. Esa verdad tan evidente casi desde que nació el cine, trata de aplicarla Ridley Scott en esta película que rompe, o trata de romper, la imagen que se han labrado, cada uno por su lado, tanto el director como el actor Russell Crowe. A ninguno de los dos los imáginábamos en una comedia más o menos romántica, ambientada entre soleados viñedos franceses, tranquilos paisajes y encantadores personajes, mucho más cerca de películas como Bajo el sol de la Toscana, que de Blade Runner o Gladiator, por supuesto. Pero así es como se han situado Ridley Scott y Russell Crowe en Un buen año: sencillos, apacibles y con una sonrisa en la boca...algo forzada.

Ridley Scott habrá tenido presente esa idea de imprimir ritmo a la comedia, pero lo hace desde la pura apariencia: elaborando con un montaje entrecortado y rápido algunas escenas de transición, como la toma de posesión de la casa que hereda de su tío el personaje de Russell Crowe, un experto en finanzas de estilo sucio y chulesco, que descubre una nueva vida en los viñedos en los que pasó su infancia, y ya había olvidado.

Pero ese ritmo no es percusivo ni persuasivo en el resto de la película (en la escena de la piscina, por ejemplo), entre otras cosas porque no se lo permite un guión de lo más simplón, construido sobre tópicos (el broker histérico y materialista, la metáfora del vino como disfrute de la vida) y que no tiene más ramificaciones que las previsibles. No hay mucha congruencia en ese personaje que de niño fue educado por un tío bohemio, insobornable, romántico, ingenioso y elegante a su manera (un estupendo Albert Finney), y de adulto se ha convertido justo en todo lo contrario, olvidando por completo unos orígenes que va recordando como por arte de magia a lo largo de la película.

Así que Un buen año se puede disfrutar por la evocación de los paisajes, la preciosa casa, o algunos detalles de humor, pero no tiene mayor consistencia. Y tampoco descubre una vena cómica en un Russell Crowe que se esfuerza pero no tiene agilidad para resultar gracioso.

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