Autor crítica:
JAVIER CORTIJO
Hay películas que se te plantan cara a cara con remolino rebelde y legañas fluorescentes y ufanas. Películas no autorizadas para todos los paladares y cerebros (como debe ser) que requieren un "plus de peligrosidad" del espectador. Tal es la especialidad casera de Michel Gondry quien, volviendo a sus orígenes, ha despachado un largo donde la "chicha" ejerce de sombra y viceversa, como en el videoclip de Beck que rodó hace unos años. Y eso que aquí el referente obligatorio, tanto estético como "gazpachero", es Björk y sus mágicos mundos de colores. Pero ojo que también hay argumento entre tanta gominola: el desubicado amor entre un diseñador de calendarios "desastrológicos" y su vaporosa vecinita de al lado. Evidentemente, Gondry acusa la ausencia de la red guionista de Charlie Kaufman, pero se las compone solito (con la ayuda de Gael y su oficina siniestra) para demostrar que, en fin, el sueño no es una ciencia exacta, como bostezaba Lord Dunsany. Mola (mayormente).
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