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A la deriva

Autor crítica: ANTON MERIKAETXEBERRIA

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En 1975, con Tiburón, Steven Spielberg firmó por primera vez la película más taquillera de la historia del cine, lanzada al mercado con una campaña promocional sin precedentes, al tiempo que Bruce, el tiburón mecánico, robaba a los actores el protagonismo de la película. Treinta años más tarde, el realizador publicitario alemán Hans Horn ha rodado en inglés A la deriva, un thriller acuático que delata influencias de la triunfadora superproducción del nuevo rey Midas de Hollywood, pasado por el túrmix de otra cinta más o menos terrorífica, que tuvimos ocasión de ver en el 2004, desarrollada íntegramente en alta mar: Open Water.

Así pues, la supervivencia de unos náufragos, a la deriva en medio del mar, es de nuevo el hilo conductor de la historia, a partir del momento en que un grupo de amigos que disfrutan de sus vacaciones a bordo de un yate, en el Golfo de México, por una serie de circunstancias quedan aislados en un mar infestado de tiburones, con lo cual la tensión y el suspense están servidos. A lo que parece basada en una historia real, A la deriva se filmó en la isla de Malta, muy solicitada desde que se rodaron allí producciones de tanto presupuesto como La isla de las cabezas cortadas (Renny Harlin, 1995); La tormenta blanca (Ridley Scott, 1996); y la oscarizada Gladiator (también de Ridley Scott, 2000).

Como es lógico, el director Hans Horn no disponía de un presupusto millonario a la hora de llevar a buen puerto el proyecto, por lo que tuvo que echar mano de su imaginación para solventar tan difícil papeleta, optando al fin por el rodaje en 16 milímetros y en pantalla panorámica, para ampliarlo después a treinta y cinco, con destino a su estreno comercial. Tampoco contó con el apoyo de un reparto de lujo, cuajado de estrellas, así que, ni corto ni perezoso, recurrió a lo que tenía más a mano. O sea, actores curtidos en la pequeña pantalla o en el mercado del vídeo, al estilo de Susan May Pratt, Eric Dane (cuyo trabajo más espectacular hasta la fecha ha sido un pequeño papel en X Men. La decisión final) y Ali Hillis.

Intérpretes de nueva hornada que actúan sin flotador en esta arriesgada película, recreada por su realizador con la suficiente pericia como para hacer verosímiles los peligros sin cuento que deben afrontar estos náufragos a la fuerza. De ahí la peculiar laboriosidad técnica de A la deriva.

Y es que uno de los mayores retos fue, naturalmente, los efectos especiales, que combinan secuencias reales en el mar abierto, con otras rodadas en un tanque de agua construido al efecto, ribeteadas por los últimos adelantos en infografía. Eso sin olvidar una ligerísima cámara móvil que permitió filmar, desde la perspectiva submarina de los escualos, algunos de los planos más impactantes de este filme, destinado sin ningún género de dudas a los amantes de las emociones fuertes.

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