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El diablo viste de Prada

Autor crítica: FERNANDO BELZUNCE

Valoración del crítico:

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Meryl Streep está a punto de superarse a sí misma. La actriz más veces nominada al Oscar de todos los tiempos -acumula 13 candidaturas- podría volver a escuchar su nombre en el teatro Kodak de Los Ángeles gracias a su fabulosa encarnación de una insoportable gurú de la moda en El diablo viste de Prada. Lo borda. Con una sola mirada y una sonrisa irónica consigue que el espectador se crea su despótico personaje y asista a una magistral lección de interpretación. Una lección que logra que esta película de tres al cuarto con moraleja de regalo resulte incluso amena y divertida. Por momentos.

Streep se transforma en una Cruella de Vil de los tiempos modernos para dar vida a la despótica directora de una importante revista de moda de Nueva York que se dedica a machacar la autoestima de todos sus subalternos. Entre ellos figura su nueva ayudante, una recién licenciada en Periodismo que, interpretada por Anne Hathaway -la actriz de Brokeback Mountain-, descubre con asombro un mundo, el que se esconde tras las pasarelas, que le era totalmente desconocido.

La mirada de la joven es la del espectador. Y durante la primera mitad del filme resulta interesante, pues la película parece reflexionar no sólo sobre los motivos que hacen que la moda mueva tanto dinero y sea tan importante para algunas personas, sino también sobre la curiosa adicción que puede llegar a generar un trabajo al más alto nivel de autoexigencia. Una pena que estas cuestiones se desvanezcan después, convirtiéndolas en un espejismo. Y es que, como era de esperar, El diablo viste de Prada se convierte en otro alegato contra la frivolidad. Contra el universo de las apariencias. Pero lo hace con argumentos tan baratos, tan simplistas y, en fin, tan poco creíbles que el filme corre el serio riesgo de convertirse en un producto más frívolo que el que pretende denunciar.

Al director de la película, David Frankel, seguramente empachado de su serie Sexo en Nueva York, un tema tan potente y atractivo como el de la industria de la moda, apenas tratado en el cine -o, más bien, maltratado-, se le escapa de las manos.

La película adapta la exitosa novela autobiográfica de una joven que trabajó en el Vogue norteamericano. Pero lo hace mal. Lo que empieza siendo una divertida comedia se transforma a duras penas en un drama repleto de convenciones que sólo se hace llevadero debido al trabajo de un excelente plantel de actores contagiados del arte de Streep, a los cameos de personajes de la alta costura internacional y a que se muestra, hay que decirlo, ropa francamente bonita.

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