Autor crítica:
ROBERT BASIC
José Luis Cuerda sostiene que el bosque es la imagen más acabada de un microcosmos. Allí cabe de todo: desde los personajes de sus películas hasta los duendes y hadas que remueven con su vaporoso andar las hojas caídas de los árboles con memoria y poderes mágicos. Es un ambiente ancestral, aislado de la esquizofrenia de la modernidad, que ofrece refugio -y sosiego- a las almas castigadas por la dictadura del corazón y los sentimientos. Un hábitat en el que se mueve con soltura el director manchego, acostumbrado a diseccionar a los protagonistas de sus historias para presentar al respetable las penas que les corroen por dentro.
Con esta premisa ha rodado La educación de las hadas, una fábula sobre el mundo de los adultos que, visto lo visto, no siempre se rige por los patrones de la racionalidad y la responsabilidad que se le presupone. Cuerda se ha armado con un reparto internacional y de garantías para dar solidez a una historia que, sin embargo, no alcanza la efectividad de La lengua de las mariposas. El argentino Ricardo Darín, la francesa Irène Jacob y la cantante extremeña Bebe, un soplo de aire fresco para un cuento opresor y por momento irrespirable, son los constructores de un triángulo amoroso sin consumar.
El argumento transita por la bien trazada senda de los amores (im)posibles: Nicolás (Darín) es un creador de juguetes; Ingrid (Jacob) es la mujer de su vida y una ornitóloga con un terrible secreto; y luego está Sezar (Bebe), una estudiante argelina maltratada por la vida y los hombres. Los tres protagonizan un cuento de amor a tres bandas en el que no hay buenos ni malos, sólo gente confusa que busca su sitio en lugares equivocados. La guinda la pone Raúl (Víctor Valdivia), hijo de Ingrid, un niño al que Cuerda envejece en exceso para convertirlo en visagra de una historia sin puertas. Serán sus tres deseos formulados en el bosque los que cambien el rumbo de la historia.
Nicolás se enamora perdidamente de Ingrid y de su hijo, al que educa como si fuera el suyo propio. Todo va bien, suenan las campanas, cosquillean las mariposas, hasta que la mujer de sus sueños dice basta. Se acabó. Sin explicaciones. Es en este momento cuando empieza el cuento de verdad, la cruzada de un hombre enfermo de amor que, al final del túnel, se encuentra con su hada, su ángel de la guarda que le cogerá de la mano para decirle que todo irá bien.
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