Autor crítica:
JOSÉ MANUEL CUELLAR
A veces los casting marcan. No es un problema de la historia, de la técnica o del argumento, simplemente que se eligen físicos que no cuadran con el engranaje y, si no los ves metidos en la trama, comienzas a no creerte nada de lo que pasa. Tautou, que es muy guapa y un poco Audrey Hepburn (salvando las distancias), e incluso tiene un aire angelical, va por la vida más lisa que un espejo, y lo de él es peor porque con ese aspecto de lechuguino atontolinado y, sobre todo, muy, muy soso, es imposible que seduzca a nadie y menos a millonarias buscadoras de morenazos Chayanne con sonrisa Profidén y más labia que nuestro querido Pipi Estrada.
En suma, que hay que hacer un gran esfuerzo para creerse que estos dos van a vivir de su cuerpo serrano así por la cara, con la de competencia que hay al respecto. Sería esta traba un aspecto menor, que lo es, si la película mostrase una historia chispeante, con diálogos sorprendentes o arrolladores, pero no hay tal. La trama se mueve mucho más en el terreno rosa de la sonrisa que en el rojo descarado de la mandíbula batiente.
Si algo bueno tiene el trabajo de Salvadori es que no es impostor. Se trata de un relato intrascendente, simpático, agradable de ver y sin tratar de entrar en el terreno de sus protagonistas, justo el del engaño.
Pero aun dejándose ver sin mayor algarabía, hay trozos que crujen en el entramado general. El paso de un camarero simplón y rutinario a dandy excelso y arrollador se hace sin medias tintas, de sopetón, sin escuelas ni apenas aprendizaje. Precisamente el que le da Audrey, que debería ser uno de los puntos fuertes de este trabajo, es apresurado, lineal, básico y sin tiempo material para que la película logre tantos de credibilidad. Aun así, se podría pensar que la sola presencia de Audrey merece el paso por taquilla, pero uno lo duda.
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