Autor crítica:
JOSÉ MANUEL CUÉLLAR
Donde hay talento y gracia sobran los euros. Bueno, sobrar no sobran nunca pero, vamos, que no se necesita el Banco de España o la Reserva Federal para hacer una comedia con gancho cuando la idea es original y el desarrollo ágil cual gacela. Va Olivares y se le ocurre irse al quinto pinto (tres quintos pinos concretamente: las estepas de Mongolia, la selva del Amazonas y el desierto del ultimísimo país africano) para contarnos las pericipecias de tres grupos de lugareños que quieren ver a toda costa la final del Mundial de Corea-Japón entre Brasil y Alemania.
La primera conclusión que se saca, urgente, es que Ronaldo miente más que habla. Acaba de decir el delantero del Madrid que ahora, hoy por hoy, está en su peso, que es el del susodicho Mundial que en esta película se recrea. Pero el algodón de la cámara no engaña: no se lo cree ni harto de vino. Fino como una lechuga se le veía entonces al ahora gordito, yéndose con velocidad pasmosa de sus rivales y sin arrastrar esas lorzas que tienen en continuo desasosiego al Bernabéu.
Y una vez denunciada la añagaza brasileña, volvamos al cine, que aquí se escribe con mayúsculas. Trazada con humor hilarante, Olivares dibuja a sus personajes como si fueran los vecinos de al lado, sólo que uno con turbante, otro con lanza y el de más allá con ponis más que enanos y unos sombreros que parecen setas.
El guión es de traca, de marujeo de mercado, de chatillo de vino con cacahuetes o de rapeo en pleno Bronx, al tiempo que el director español (un documentalista nato al que se le nota su origen, y hace muy bien) choca con estética de los Marx contra esos escenarios salvajes en los que los aficionados se buscan las habichuelas, digo las antenas, como pueden para poder ver la exhibición del gordito brasileño y de otro con dientes que ya andaba por allí amagando lo que iba a ser en breve. En suma, película para sonreír con el alma y troncharse, como Kahn ante el nueve amarillo en aquella gran final...
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