Autor crítica:
ROBERT BASIC
Varias cosas pasaron en el Mundial de Corea y Japón 2002. Recordemos: Brasil se llevó la Copa a casa. Y ya van cinco. Ronaldo mojó dos veces en la final y le dio en los morros a los alemanes. La samba pudo con la cerveza. España, con el macho Camacho en el banquillo ganó los tres partidos de la primera fase -la primera vez en su historia- y cayó, ¿lo adivinan?, en los cuartos. Para que luego digan que el juego de la selección es irregular. Un egipcio vestido de negro robó a los de rojo y les echó a la calle. Lo vieron por la tele millones de personas en todo el mundo. Y lo vieron también los hijos de las estepas de Mongolia, los nómadas del desierto de Sahara y los cazadores de la selva amazónica, protagonistas genuinos de una película que recurre al fútbol como nexo unificador para conectar pueblos y culturas separados por miles de kilómetros y unidos por la religión del balón.
Gerardo Olivares, documentalista cordobés, ha filmado una historia que se debate entre la ficción y la realidad y decidió llamarla La gran final. Porque la cosa va de fútbol. Bueno, sí y no. El fútbol, en realidad, es el trasfondo de un relato sobre la pasión por un deporte transfronterizo y supranacional. Hay algo que llama poderosamente la atención: que un indio con cerbatana y taparrabos, anclado en la prehistoria de la selva amazónica, se sabe de memoria la alineación del Real Madrid. También recita los nombres de Ronaldinho, Henry, Kaká, Adriano, Totti, Del Piero... Es el poder de la televisión.
Y eso es precisamente lo que aborda la película. El deseo irrefrenable de una familia de nómadas mongoles, de una caravana de camelleros tuareg en el Sahara y de un grupo de indios amazónicos por ver la final del Mundial de Corea y Japón 2002. Pero en su mundo, que es el tercero o el cuarto o el quinto, nadie lo sabe muy bien, no resulta fácil conseguir una televisión o una parabólica. Los protagonistas del filme, actores aficionados, se las ingenian como pueden para seguir las diabluras de sus ídolos: lo único que quieren es una tele.
La gran final rezuma humor, pasión, frescura y originalidad. Costó dos millones de euros y se rodó a lo largo de 50 semanas no consecutivas. La crítica la recibió con los brazos abiertos en el último festival de Málaga y en Berlín, fuera de concurso, los alemanes se partían de risa con la tropa de Olivares. Algo tendrá el agua cuando la bendicen. Y el fútbol también, que, visto lo visto, mueve montañas.
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